Nota al margen: El viaje soporífero de Edgar Enrique Crane

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Apagué el teléfono y me acerqué como un invitado a la llave de gas. Así comienza a narrar Raquel Abend van Dalen esta historia, con estos dos gestos: dos de los tres únicos –además de introducir la cabeza en el horno– que Edgar Enrique Crane lleva a cabo con voluntad y determinación en el devenir que lo lleva a Andor. Esa voluntad y determinación, la de morirse (deseo del cual pronto lo sabremos reincidente) se ve debilitada sin embargo por una duda a destiempo e inoperante. Edgar se arrepiente pero tarde (el gas hizo su tarea, todo indica que en esta oportunidad el personaje habrá logrado su objetivo) pero alguien aparece, saca su cabeza del horno, y lo lleva a un hospital. Quien lo salva, una imagen materna que volverá a aparecer en la historia, además de halarlo a medias hacia la vida, interrumpe toda posibilidad de autonomía. Edgar recupera la conciencia, vive para contarlo, pero desde un sitio de geografía improbable llamado Andor, en un coma que es un road trip onírico, surreal, y que se develará como la oferta de una segunda oportunidad.”

Por KEILA VALL DE LA VILLE
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