“Lo animal será siempre lo desconocido”

©Scott San Román ©Scott San Román

Entrevista a Daniela Camacho


¿Cuál es la relación entre lengua y enfermedad en tu obra?

He escuchado el discurso de la enfermedad y creo, con A. Kraus, que su lenguaje es interminable y sorprendente. Me interesan su extrañeza y desarreglo, sus preguntas, su avidez. No olvidemos que en la enfermedad el deseo está muy vivo, no hay principio ni fin, se está a la mitad, en trance, con un miedo que acerca a lo imposible, hay riesgo y osadía y eso ocurre también en la escritura. Yo le escribí al cáncer porque el tumor fue mi maestro, quise entenderlo, quise decirle que no. Pero sólo distinguía una música, algo desordenado, desorientado. Fue entonces que escribí, como diría Marguerite Duras, pese a la desesperación. No: con la desesperación.       

¿Son los libros cuerpos que padecen?

Son cuerpos, sí, que soportan y resisten, pero también que se conectan con otros cuerpos, que se introducen en una pluralidad y van cambiando. Como pequeños dispositivos que funcionan con otros dispositivos para dar lugar o no a ciertos ímpetus, reflexiones, políticas del deseo, realidades espirituales, imitaciones del mundo. Pero un libro es, también, como lo dijo Jabès (y como todo cuerpo), el lugar de su fracaso.    

Me da la impresión de que los animales y la naturaleza aparecen y desaparecen con violencia en tu poesía. ¿Estás de acuerdo?

Puede ser, aunque en mi vida están presentes siempre. Las plantas, por ejemplo, sus nombres, me hechizaron desde pequeña. Y he estado liada al amor, a la complicidad con el animal como a un milagro. No se puede hablar de este lenguaje y no traicionarlo, porque la naturaleza, lo animal será siempre lo desconocido. Quizá eso explica, para mí, su incandescencia. Y tal vez eso explique, a su vez, la violencia con la que los ves aparecer y desaparecer en mi escritura, como extraños resplandores.

En tu poesía hay mucho movimiento. Hay nombres, números, cambios de idioma. Los versos se mueven en la página de derecha a izquierda, se transforman en prosa. ¿Es una decisión consciente?

Creo que hay una inquietud consciente, una aspiración a la revuelta. Pero lo que yo persigo en la escritura es, precisamente, lo que no sé. Me seduce ese misterio. Nada de fabricación, lo demoledor llega siempre por sorpresa. A veces intento vigilar la forma, sí, como para protegerme de otro desorden, pero también ahí es el poema lo que se rebela contra cierto entumecimiento y se va moviendo, va abriendo sus propias grietas; mi trabajo, en todo caso, es contenerlas, en el sentido de abarcarlas, comprenderlas.

¿Cómo decides cuándo termina un libro?

Dice Hélène Cixous que escribimos lo que no podemos escribir. Yo he buscado, entonces, un apaciguamiento. Y el libro, eso que llamamos libro en su formato rectangular, es sólo una tentativa, algo inacabado, un conjunto de sospechas. En realidad no sé cuándo ni dónde termina un libro.

¿Qué son Japón, Suiza y Egipto en tu poesía?

Diría que son lugares de extravío, de encantamiento y de enunciación real y simbólica. Viví en esos países durante varios años y ahora forman parte de mi paisaje íntimo, con sus distintos lenguajes y ruidos, su sensualidad, su naturaleza y sus arquitecturas imponentes, su gente demasiado rica y demasiado pobre, sus espectáculos de duelo, sus accidentes, su fulgor. Son lugares de asombro, que han hecho mi realidad más vasta, me han dado silencio y lentitud. Y han, sobre todo, alentado la duda y la obsesión. Me atrevo a decir que, en mi escritura, son zonas inasibles todavía. 

¿Qué opinas del uso de las redes sociales y las nuevas tecnologías en la escritura literaria?

Me gusta pensar que las tecnologías digitales, las redes sociales y, en general, los nuevos medios, posibilitan una práctica de la cultura (incluida aquí la escritura literaria) que insiste en la experiencia de hacer contacto, y que propicia o pone en evidencia, además, ciertas complicidades, creaciones colectivas, puntos de encuentro, introduciendo estrategias estéticas que permiten y estimulan la reescritura, la desterritorialización, la recontextualización y convierten la figura del autor en algo inexacto, con bordes imprecisos, lo cual me resulta interesante. Bien utilizados, estos soportes hacen de la escritura una forma no sólo de producir, sino de escuchar, de crear realidades en conjunto, en comunidad. Vemos a lo ordinario convertirse en extraordinario y viceversa porque a veces, a ciertos escritores, ahí, se les puede ver pensando.

Escritores jóvenes hispanos que recomiendes.

Más que recomendar, prefiero decir que hay proyectos escriturales que me entusiasman mucho, como el de la mexicana Sara Uribe, por ejemplo, Antígona González es un libro que necesitaba ser escrito. La poesía de Emma Villazón (Bolivia) no deja de asombrarme, sobre todo en Lumbre de ciervos y en algunos fragmentos del libro que dejó inédito al morir, Temporarias. Los venezolanos Jairo Rojas y Daniel Arella me emocionan, a las españolas Sara Torres y Ruth Llana les sigo muy de cerca, la escritura del ecuatoriano Andrés Villalba (Tush) me parece sumamente seductora, leo con mucho interés a Valeria Luiselli, Javier Raya, Verónica Gerber (también artista visual), a Ezequiel Zaidenwerg, Daniel Bencomo y, si hablamos de escritoras muy muy jóvenes, a Rosa Berbel.

¿Es la traducción de poesía una reescritura?

La traducción es, al mismo tiempo, una traición y un homenaje. Una especie de conversación que, por naturaleza, es inexacta, deja algo fuera y hace una declaración nueva, única, pero gemela. Dice Edith Grossman que lo que ocurre es una transmutación que se da mediante decisiones creativas y actos de imaginación crítica, y eso, me parece, es ya una reescritura, una forma de pensar con otro (el autor) que inaugura un territorio de confluencias: matices lingüísticos, sonidos, intenciones, significados, tradiciones y misterios. La traducción, al igual que la escritura, produce realidad y lo hace a partir del diálogo con un otro elegido.

¿Qué rechazas de un palíndromo?

Que no juegue, que diga: yo soy.

¿Crees que existe tal cosa como la “literatura femenina”?

A mí me interesan las escrituras del cuerpo, de los cuerpos. Pero desconfío de las marcas de identidad, sean estas de género, raza, religión, sexualidad, etc., cuando intentan ser definitivas o estables. Creo en la identidad del yo que es múltiple, que se va modificando, que cambia. Sin embargo, no deja de parecerme importante (y necesario) que la discusión de género esté presente para evidenciar los riesgos, los abusos y las dominaciones que todavía ejerce el patriarcado sobre los individuos, los grupos y los productos culturales. Creo, además, y esto lo he mencionado antes, que María Negroni acierta cuando dice que lo que escribe siempre es lo femenino, es decir, el deseo, lo oscuro, lo insubordinado.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

Recientemente volví a México y he venido aquí a cerrar un ciclo: la escritura de Butoh. El libro se publicará próximamente en España. Estoy traduciendo, por primera vez, una novela. Representa retos nuevos, otras complejidades, me entusiasma. Y estoy en el intento que es la escritura de un nuevo libro, poemas que dialogarán con la pintura del artista argentino Gabriel Viñals. El resultado de esta tentativa lo presentaremos en Valencia, España, en julio de 2017. Es difícil hablar de las cosas en las que se está trabajando, porque no se sabe cómo ni cuándo van a concretarse, pero te puedo decir que la maquinaria mental está en marcha, que vine al Sureste mexicano atraída por fascinaciones que, sin duda, involucran el arte y la literatura maya. 

Daniela Camacho (México, 1980), poeta y traductora. Publicó los poemarios En la punta de la lengua (Tintanueva, 2007), Plegarias para insomnes (Editorial Praxis, 2008 y Fondo Editorial Fundarte, 2010), [imperia] (Fundación editorial el perro y la rana, 2013) y el libro de palíndromos Aire sería (Editorial Praxis, 2008); así como el libro-objeto Pasaporte (C-acto, 2012), en edición trilingüe, junto a Natalia Litvinova y Beatriz Paz. En 2014, junto al artista visual Christian Becerra, publicó dos libros de artista para la Colección Artes de México: Carcinoma y Híkuri, que han sido exhibidos en distintas galerías del país. Compiló la muestra Hijas de diablo hijas de santo. Poetas hispanas actuales, para La Raíz Invertida en Colombia y forma parte de diversas antologías. Ha vivido en Tokio, Lausana, El Cairo y, actualmente, reside en Yucatán, México.