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Miami Beach, La Pequeña Habana y el Downtown, son algunos de los puntos donde convergen estas 21 voces de Latinoamérica y España que dejaron atrás sus países. Cada uno de los ensayos y crónicas personales de esta antología traman una red de íntimas reflexiones, escenas de una ciudad de los Estados Unidos donde se mezcla el humor y la mirada lúcida, la melancolía y el dato revelador. En los últimos años hay un boom de la narrativa de no ficción en el continente. Miami (Un)plugged es una excelente confirmación.

Si con Viaje One Way: antología de narradores de Miami, Vera Álvarez y Medina León marcaron un antes y un después en la literatura en español que se escribe en Estados Unidos, con esta nueva entrega demuestran que su labor es indispensable para entender a este fenómeno en auge.

Los autores que participan en Miami (Un)plugged son: Rodolfo Pérez-Valero, Raquel Abend Van-Dalen, Grettel J. Singer, José Ignacio Valenzuela, Andrés Hernández Alende, Juan Carlos Pérez Duthie, Anjanette Delgado, Gastón Virkel, Camilo Pino, Luis de la Paz, Carlos Gámez-Pérez, Gabriel Goldberg, Lourdes Vázquez, Pablo Cartaya, Carlos Pintado, Héctor Manuel Castro, Jaime Cabrera González, Daniel Shoer Roth y Enrique Córdoba.

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Bajo el cielo de hule

Estaba en una ciudad de apariencia irreal. Su rectitud daba la sensación de un desplazamiento eterno y las palmeras me hacían creer que siempre estaba en la peor vacación de mi vida. Jardines silvestres rodeaban pozos encajados en medio de las calles. Nadie los notaba, no había nada pomposo en ellos. Eran plantas silvestres de colores opacos, como familia de las espigas, así de sencillas. Rompían el tedio del concreto con sus movimientos pacíficos, de un lado al otro, imitando al reloj de péndulo. Las autopistas se volvían prisiones flotantes de las cuales nadie podía escapar a la hora pico, elevadas por el consumismo y oportunismo de los centros comerciales que no sabían tomar la siesta. Recordé que en una oportunidad me dediqué a observar al conductor a mi lado izquierdo. Tenía las ventanas abiertas y podía notar que era un hombre cincuentón, de barba con texturas y colores mixtos, y una franelilla sudada. Podía tratarse tanto de un distribuidor de huevos como de un astronauta jubilado que trabajaba en Cabo Cañaveral. Aparentaba estar de mejor ánimo que yo. En dado momento, sin mucho preámbulo, se olió las axilas, con el mismo gesto ingenuo de un pato hundiendo el pico bajo el ala. Me agradó. A mí también me gusta olerme, pensé, me ayuda a reconquistar algo de la identidad que fácilmente puede perderse en una ciudad que cobija a los perseguidos desde hace décadas. Sonreí y decidí olerme también, para acompañarlo en su gesto animal (…)