“Cada vez me interesa menos la contención”

©Violette Bule ©Violette Bule

Entrevista a Keila Vall de La Ville


Entraste en la mira literaria con el libro de cuentos Ana no duerme, ganador del Concurso para Autores Inéditos Monteávila Editores y publicado en el 2008. ¿A partir de qué momento comenzaste a trabajar este libro?

Comencé a trabajar “Ana no duerme” sin saberlo, en los talleres de creación literaria de Monte Avila Editores (con Carlos Noguera) y del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (con Luis Barrera Linares), ambos en 2006. Esos programas tenían mucha relevancia en el ámbito cultural venezolano, no sólo porque las instituciones que los amparaban gozaban de justificado prestigio, sino además por la alta experiencia de sus profesores, por el nivel escritural (contaban con un proceso de admisión orientado a asegurar que las personas admitidas ya escribieran), y porque eran programas largos, de un año. Un año escribiendo y compartiendo lo escrito con un grupo de doce, quince personas a quienes ves semanalmente, no sólo impulsa el proceso creativo, enseña sobre el oficio. Ese año yo comencé a ver la escritura como oficio. Ese año tomó forma “Ana no duerme”, que fue reconocido en el Concurso Nacional de Cuentos para Autores Inéditos de Monte Ávila, y publicado en su primera edición gracias a él. Yo tengo gran afecto a ese libro. Fue una llave.

Después de la publicación de relatos, seguiste con la de poesía y ahora novela. ¿Qué es lo que más te atrae de cada género?

El pensamiento no es lineal, no ocurre en compartimientos estancos; fluye en canales que se cruzan, se encuentran, se separan, y que mantienen un devenir particular; modifica y es modificado por cada fluir, por los accidentes y las conexiones con los que esas vías se encuentran, consecuencia de la propia historia. En mi caso, al menos, no hay tanta contención entre los géneros. O no me interesa tenerla. Los destellos involucrados en aquel fluir se retroalimentan y evidencian una misma búsqueda. Creo que cada quien tiene sus temas, sus preguntas, sus tareas, sus empecinamientos. Y a cada quien le son dadas distintas maneras de acceder a esas cuestiones.

Necesito la poesía para decir lo que “veo” sin expandirme. Porque creo en la semilla. Porque me parece que la foto es una cápsula de verdad. En la poesía un momento de verdad íntima se manifiesta. Ese chispazo. Un momento que es. Está ahí y es relevante para mí, siento que me es dado verlo. Cuán relevante es para los demás lo que veo yo, no lo sé. Quisiera que significara también para los otros, pero eso no está en mis manos. No tengo elección. Miro ciertas cosas, las retrato, y con seguridad absoluta estoy dejando de ver otras. La poesía me da acceso a ese destello momentáneo, que es íntimo, a fin de cuentas.

Por otra parte necesito explorar lo humano cotidiano, digamos, de acuerdo a lo que he vivido, a lo que he visto en otros, a lo que leo en artículos de periódico, a lo que me cuentan, a lo que sueño o a lo que recuerdo de manera imperfecta. Mis preocupaciones (o mis tareas) a veces requieren expansión. Requieren diacronía, continuación, desplazamiento: un film. Hay un punto de partida y otro de llegada, y un tránsito de por medio. Una historia. ¿Qué seríamos los seres humanos sin narración?

Ahora, yo no creo en la división, eso ya lo dije arriba. Hay una búsqueda más o menos secreta, que se vale de un género o del otro, o que está en el tránsito del uno al otro. He escrito poemas muy breves, otros más narrativos. He escrito cuentos y una novela, y mucho de lo narrado en esos textos nació de fotografías propias o “apropiadas” (ese término es de Ricardo Armas), o de poemas míos o de alguien más. Y a la inversa, un capítulo de mi novela trasmutó y se convirtió en poema. Mejor dicho, ahora es también un poema. Un mismo momento se materializó en dos géneros, y está en dos libros distintos. Adoro las posibilidades que ofrece el tránsito y la hibridez. Cada vez me interesa menos la contención.

Viaje legado, tu primer poemario, está por ser publicado. Tengo entendido que los poemas que conforman este libro llevan varios años en formación, inclusive antes de que te fueras de Venezuela. ¿Cómo ha sido el proceso de transformación de estos textos?

Ese libro comenzó a materializarse hace seis años. Ha pasado por tres momentos. El de su escritura inicial, una primera versión que cerré justamente en el 2011, antes de comenzar mi Maestría en Escritura Creativa de NYU. Con mi inscripción en esta universidad y mi pasaje en mano imprimí y encuaderné esa primera versión para hacerla viajar. Luego vino un segundo tiempo, inseparable de mi experiencia académica y creativa del momento. En NYU escribí más, descubrí que ciertos temas habían perdido vigencia, y comencé a preocuparme por manifestar narrativamente aquella foto. Sin abandonar la forma poética. Comencé a preocuparme por lograr que una serie de ideas contiguas y continuas, mantuviese su cualidad fotográfica. Entonces excluí algunos poemas de la colección, hice algunos cambios a los textos previos, no muchos. Incluí unos tres o cuatro poemas nuevos. Y lo cerré. Allí fue cuando firmé con la editorial que lo publicará este año. Luego vino una tercera etapa. Ya el libro no es mío. No lo he vuelto a modificar desde el 2015. Está. Ahora vienen otros tiempos, otros poemas. Los de “Viaje legado” ya no me pertenecen.

Eres fundadora del movimiento “Jamming Poético” en Caracas, Venezuela. ¿En qué consiste y por qué crees que ha provocado tanta controversia?

El Jamming Poético nació en febrero de 2011 de la búsqueda de espacios para compartir poesía. Se trata de lecturas colectivas en las que cada poeta invitado lleva sus libros o textos para leerlos dependiendo del devenir discursivo, del fluir del recital. Cada lectura es distinta dependiendo de quienes participen y de los temas que salgan a relucir, que se encabalgan unos a otros. Cada poeta se enlaza a quien leyó antes a partir de disparadores que terminan funcionando como atadura. La forma, el tema, una palabra, una imagen, de un poema, llama otro texto que lo contenga también. Se encadenan los poemas y los autores. Cosas increíbles ocurren, encuentros asombrosos, a veces divertidos. La única instancia improvisada de los Jammings es esa, la de la lectura. Los Jammings sugieren que todas las personas somos una misma, que hay un solo devenir compartido y que las diferencias entre obra y obra son apenas aparentes, aunque fundamentales, pues sin diversidad no habría disfrute. Alcanzar esa visión es tan importante en Venezuela, tan golpeada en términos materiales y morales por la polarización política.

Críticas siempre habrá, a todo lo que existe. Especialmente si eso que existe es flexible y e invita voces aún no consagradas. Algunos opinan que la selección de los autores no ha sido suficientemente estricta, que no toda la poesía leída en cada evento alcanza el mismo nivel. Que hay disparidad. Yo veo una gran movilidad, y veo una entrega notable tanto en los autores experimentados y reconocidos mundialmente y que han participado, como en los más jóvenes. Yo creo que esa diversidad y flexibilidad es fundamental. Por otra parte, no hay que olvidar que el Jamming Poético tiene un sustrato lúdico, es, como la tradición musical de la palabra en inglés lo sugiere, una descarga. Los autores son seleccionados con cuidado, ellos eligen celosamente las obras que quisieran leer cuando se manifieste el disparador que los llevará al micrófono. Pero lo que sigue es un juego. Me parece que tememos al juego, que erramos al pensar que lo lúdico se opone a la excelencia. Esa oposición es improductiva y gris. De cualquier modo, hay momentos y lugares para todo. El recital tradicional de poesía, más contenido, más formal, tiene su propio espacio, cómo no. Yo los disfruto y los valoro a ambos. El Jamming Poético lleva cinco años celebrándose mensualmente gracias a su pertinencia y al trabajo consecuente de Kira Kariakin y de otras autoras venezolanas como Jacqueline Goldberg y Georgina Ramírez, que generosamente le han donado su tiempo. Independientemente de las críticas, que está bien que las haya, se ha vuelto una institución. Tiene vida propia, si bien inseparable del complejo momento por el que atraviesa Venezuela, también poderosamente independiente de él.

Desde hace varios años vives en Nueva York, ¿cómo ha influido la ciudad en tus intereses literarios y en tu obra?

Del mundo, Nueva York es una de mis tres ciudades preferidas. Llegué acá progresivamente, ella se me hizo paisaje poco a poco, se convirtió en mi ciudad sin que me lo propusiera. Influye en mis intereses literarios y en mi obra, o mejor dicho en mi manera de mirar. Me ha marcado que caminar sea acá un medio efectivo de transporte. Tener la posibilidad de viajar usando para ello sólo lo mínimo (los pies, una patineta) siempre me ha gustado y no cualquier ciudad ofrece eso. No sólo me fascina, me energetiza, me conecta, sino que es una fuente de información sobre mí misma y sobre el mundo. Los cambios en el paisaje, dependiendo de la zona de la ciudad en la que uno se encuentre, son impactantes. Y las transiciones entre estaciones son asombrosas. Ellas definen mucho. Cambian el motivo y el objeto del deseo. Desde lo más banal, que deja de serlo cuando hace frío: el vestido; hasta las predilecciones gastronómicas; pasando por las rutinas: el día más corto define mucho, el día más largo también, en verano la noche atrasada me parece un descontrol, por ejemplo, y que me despojen de la madrugada oscura no sé si me gusta del todo. Me interesa el Subway, muchísimo. Los paisajes humanos, los pasatiempos, las dinámicas varían dependiendo del tramo del subterráneo que se esté recorriendo y claro, dependiendo de la hora. Y me fascina esto de entrar a una cápsula en un sitio, para bajarse en otro sitio muy distante minutos después, sin haber presenciado el cambio arriba. Esta mutación instantánea entre la luz del día cuando es de día, y la oscuridad permanente abajo, para volver al día si es de día al salir arriba, me encanta. La universidad fue una experiencia intensa que influyó sobre mi obra desde el punto de vista literario y vital: fue una época convulsa. Las bibliotecas de NYU y Columbia, lo leído y lo descubierto en esos lugares. Por otra parte mi escritura desde Nueva York es indisociable de mi vida familiar. Conozco tantos parques como museos, y desde que me mudé, he pasado más tiempo en parques que en museos. También estoy muchísimo tiempo en casa. Y practicando yoga. Haber encontrado a mi maestro espiritual acá ha sido clave en cada sentido. Creo que todo esto aparece en mi escritura. No la ciudad como tal. La ciudad se construye en la psique, y mi Nueva York es mía. Bien podría vivir en Ubud o en Florencia. Si no fuese ésta, habría otra ciudad influyendo sobre lo que escribo y cómo lo escribo. Ahora bien, acá en Nueva York comprobé que ser escritora es lo que soy. Es la ciudad en la que traspasé membranas fundamentales para mi existencia. Algunas de esas membranas son literarias.

Tu novela Los días animales será publicada este año. No la he leído, pero el título me parece tremendamente atractivo. ¿Qué son esos días animales?

Los días animales es la historia de una búsqueda de completitud e integridad, que pasa una serie de pruebas antes de manifestarse como posible. Es la historia de una mujer que se pone en riesgo para sobrevivir; que para encontrarse debe primero extraviarse, que en ese extravío se denota imperfecta, oscura, frágil, que pierde a dos personas, las más importantes de su vida. Es una historia sobre la amistad, sobre la violencia, sobre la valentía, sobre el abandono y el silencio que el abandono es. Transcurre entre Venezuela, India, Pakistán y Estados Unidos, y habla sobre el desplazamiento en el paisaje como instancias de precipicio y purificación. Los días animales son los días penetrantes de ese viaje temporal y espacial extremo e iluminado.

Creciste en una casa donde el cine es fundamental. ¿Hasta qué punto se cuela lo audiovisual cuando escribes narrativa?

Creo que se cuela en el manejo del tiempo y el espacio. En el manejo del ritmo y el desplazamiento. Y en mi fijación por el detalle. En cine, como en todo, hay tantas miradas como búsquedas. A mí me interesa la intimidad, y mucho, tanto en narrativa como en poesía. Me interesan los gestos pequeños. Y el cine tiene gran capacidad de mostrarlos. La manera en que alguien sostiene su taza de café, el vector hacia el que se dirigen unos ojos al hablar, el encuadre, los colores, la luz. Los detalles mínimos dicen más sobre un personaje que cualquier narración. Me interesa cómo esa manera de mirar se manifiesta en aquel lenguaje concatenado del desplazamiento. En el cine aprendí también sobre las posibilidades que ofrecen las historias corales. La sorpresa, que los personajes o los momentos se crucen. Eso me marcó. En términos de la estructura narrativa, para mí fue liberador entender que en literatura también puede haber historias que no tienen fin. A mí no me gustan los finales. Me gustan las historias que no cierran, que ofrecen varios finales posibles. Así me gusta escribir. Y creo que por mi biografía, eso lo aprendí en el cine, más que a través de la literatura. Por eso cuando leí Carver por primera vez casi me desmayo. O las crónicas de Shepard. No podía soltar sus libros. Es decir los objetos rectangulares que contenían en sus páginas aquellos textos. No los podía soltar. El cine me ofreció la certeza de que somos imagen en evaporación.

Mientras que tu obra narrativa está cargada de imágenes, tu poesía es más bien despojada. ¿A qué responde esto?

Nunca lo había pensado así. No sé. Creo que mi trabajo poético, si es que tuviese que hablar de él por separado, está en un momento de transición, está en hibridación. No sé si vuelva a escribir poemas como los de “Viaje legado”. Así que no sé qué decirte ¿Tú qué crees? Será que de cierta manera es mi espacio arrebatado. No sé.

¿Dirías que de alguna forma vives la jodida maternidad a través del lenguaje?

Si viviera la maternidad a través del lenguaje me perdería de todo descubrimiento. Esto es un bigbang constante. Vivo la maternidad a través de la alucinación y la contención. A veces traduzco la maternidad a palabras o a silencios en mi intento por manifestar esto asombroso que supone reconocerse madre. Quisiera escribir todo el tiempo. Duermo poco y así compenso las horas en las que no sólo no puedo, sino que francamente no siento sea momento de escribir. Vivo en esa pugna, la de querer escribir mucho, más, y sentir que no hay nada más importante que esto: mi cuerpo se expandió, y se abrió, y de él nacieron dos seres humanos. Eso me convierte en su veladora y su guía. Es mi primer compromiso. Claro, como soy escritora no puedo dejar de contar esto tan increíble y todo lo demás que va pasando (me) mientras ellos crecen. Ser mujer es durísimo. Es exigente. Y es potentísimo. La maternidad está en todo lo mío, cual no implica que las madres que aparecen en mi trabajo literario sean siempre dulces, ni ideales. Ser mamá es también un precipicio. Yo soy madre, soy escritora, soy venezolana, vivo en Nueva York, soy curiosa pero me gusta el silencio, me gusta tomar café, temo a la violencia, amo el chocolate muy oscuro, sólo ese, y siempre llevo una tableta conmigo, creo en la existencia de planos invisibles al ojo humano pero accesibles desde la fe, soy poco dada a dormir. Todo eso tarde o temprano sale. Está en mi escritura.

Actualmente te encuentras desempeñando un trabajo como antóloga. ¿La lectura y selección de textos que responden a un tema específico te lleva a escribir sobre el mismo?

Con la antología me ocurrió lo contrario. Ella es fruto de una preocupación previa, que trasciende mi trabajo como escritora. Me inquieta la relación que mantienen la experiencia de lo bello y lo sublime con el abismo: con ese momento que te alela. Comencé a trabajar ese tema en la maestría de NYU, hace cuatro años. En aquella oportunidad compilé algunas miradas sobre el asunto. Reuní perspectivas de poetas como Yolanda Pantin, Patricia Guzmán, Raúl Zurita, Eduardo Chirinos, Mercedes Roffé, Charles Simic, todos autores inquietantes. Y eso quedó allí. Dos años más tarde, en Columbia, me encontré explorando el asunto desde otro lugar. A partir de mi interpretación de la obra de los filósofos Martin Heidegger y María Zambrano, de los creadores Paul Klee y Barnett Newman, y claro, del legado de Kant, de Benjamin, de las contribuciones de Lyotard. Sin planearlo me descubrí estudiando miradas sobre la experiencia de lo bello y lo sublime, interpretando el compromiso espiritual que esas experiencias abismales incitan. Preguntándome si ambas, en vez de instancias separadas, son dos momentos de una misma experiencia. Así que al terminar mi tesis en Columbia, asombrada por haber recorrido un camino distinto para llegar sin planearlo al mismo sitio, retomé aquel proyecto previo. Descubrí que tenía años hablando de lo mismo. Convertir aquel proyecto en una antología supuso un reencuentro conmigo después del período delirante de Columbia: esa maestría me dio mucho pero también me angustió, me alejó de la escritura, y de mí misma. Estudiarla fue un lujo que no sé si volvería a darme. Entonces abrí aquel documento, releí, invité nuevos autores, y construí esta antología titulada “Entre el aliento y el precipicio: poéticas sobre la belleza”. Yo no escribo sobre el tema debido a la antología. Tal vez ella nació fuera de las aulas de clase y de las bibliotecas, escalando el Tepui Roraima, o en alguna montaña de la Cordillera Blanca. Después vino todo lo demás. Digamos que el tema se me impuso. Yo sólo intenté seguirlo, cumplir.

Keila Vall de La Ville: Autora de la novela Los días animales (Oscar Todtmann, en imprenta), el poemario Viaje Legado (Bid&Co, en imprenta), el texto crítico bilingüe Antolín Sánchez: Discurso en movimiento (Editorial Cubo 7, en imprenta), las plaquettes de diseño Mermeladas para llevar I, II y III, del Movimiento Jamming Poético (2011), y el libro de cuentos Ana no duerme (Monte Ávila Editores, 2007), ampliado y reeditado como Ana no duerme y otros cuentos (Sudaquia, 2016). Antóloga de Entre el aliento y el precipicio. Poéticas sobre la belleza (Editorial Ígneo, en imprenta) y Jamming. 102 Poetas (Oscar Todtmann, 2014). Fundadora del movimiento “Jamming Poético”. Su obra aparece en Basta! 100 mujeres contra la violencia de género (2015); 102 Poetas en Jamming (2014); Miradas y palabras sobre Caracas (2014); Cuentos contados (2013); De qué va el cuento: Antología del relato venezolano 2000-2012 (2013); Tránsitos: antología poética venezolana (en imprenta); y en las compilaciones Semana de la Nueva Narrativa Urbana (2008), y de los concursos “SACVEN” (2008), y “Policlínica Metropolitana” (2009). Es Antropóloga (UCV), Magíster en Ciencia Política (USB), MBA en Escritura Creativa (NYU) y MA en Estudios Hispánicos (Columbia University).