La Cajita Cabrona

Le diré que pensé en textos y autores que desmiembran el acto social en palabras destinadas a descomponer algo que podría parecer indestructible y termina por ser acto político. En algunos casos escogí fragmentos de libros que ya había leído, en otros le escribí específicamente a quienes sabía que tendrían guardado en secreto algún material combustible sobre algún tema que los indignara. Es la ironía o la sátira, la evaluación sin devoción por la estructura “divina”, la acusación o exposición de lo injusto y oculto, el recordatorio de una rata podrida que sigue siendo defendida por el miedo, y que exalta lo que “no debe ser nombrado”.

Se requiere coraje y un decir “allá lo que ocurra, allá lo que digan”, para quebrar a través del lenguaje sistemas que se imponen socialmente, actualmente, en los países de los escritores hispanoparlantes que he escogido. Desde el tema del suicidio, la locura, hasta las instrucciones para recrear una identidad perdida hace ya tiempo. Las naciones y gobiernos auto engañados que se jactan de su propia imagen, los prejuicios ante y desde la identidad chileno-palestina (“la palestinidad que sólo defendía como diferencia cuando me llamaban turca, alguna vez, en Chile”) que ahora están en juego en un espacio fronterizo. A su vez, el cielo remanente y calcinado después de la destrucción de las Torres Gemelas, que “sólo fue posible porque aún en el mundo no se conocían los poderes de La Tigresa del Oriente ¡Qué talibanes¡ ¡Qué terroristas! Son unos niños de pecho frente los contoneos de tan magnífica peruana”. La madre, oh, exquisita construcción y destrucción social; la recepción de un premio literario en un país que recién comenzó a lidiar con la desaparición de 43 estudiantes; un hawaiano que tiene un franco des-encuentro con el himno nacional estadounidense: “¿dónde quedan tus revolucionarios?, ¿dónde queda tu revolución?”, precedido, además, por la otra modership, España, cuyo poema finaliza: “¿no le he dicho que estos gringos solo quieren saber si hay mucho sol o no?”.

Son trozos literarios impresos en un país en el que el papel está en extinción latente. Estos textos enuncian lo que no quiere ser dicho, exponen lo que la masa social esconde entre la grasa o dice a cortos pálpitos, temiendo que será señalada y encarcelada en una casa de humillación. La labor del escritor es notar lo marginado y volverlo el centro del mundo por un rato. De un mundo propio y reconstruido a partir de piezas robadas, desechos acumulados al borde de la calle. Lo que la gente tose, estornuda, orina, escupe, las células de piel muerta, la mirada impertinente que queda enganchada en objetos ajenos.

Raquel Abend van Dalen