“La escritura es improvisación en soledad”

©Martín Sonzogni ©Martín Sonzogni

Entrevista a Silvina López


En tu último poemario, 62 brazadas, utilizas el agua y sus múltiples estados como una gran metáfora de la casa, la identidad, el tiempo y el cambio. ¿Cómo comenzó la escritura de este libro?, ¿cómo decidiste saltar de la pileta a la poesía?

El proceso creativo comenzó años atrás. El disparador fue el cuento El nadador de John Cheever. A partir de ahí trabajé de punta a punta en la escritura de una obra de teatro que después de mucho esfuerzo terminé abandonando. Había ahí algo que no funcionaba, que no pude resolver. Lo potente del cuento está en el movimiento, Cheever es un maestro del corrimiento espacial y temporal. La obra que escribí estaba demasiado quieta. Tiempo después, tomando notas en mi cuaderno, apareció de nuevo el personaje del nadador y escribí un poema. Sentía que abrirlo en una serie podría darle al poema el aire que le faltaba. Y así empecé. Nunca imaginé que la serie terminaría durando 62 bloques.

En este libro trabajas el poema corto. Cada página tiene su propio charco de agua que contiene una imagen, una idea que funciona independientemente, pero que también se conecta con el resto del libro, como si todos los poemas fueran llevados por la misma corriente. Tú explicas en el prólogo del libro: “Me atrajo pensar un texto poético a la manera de un guión”, ¿cómo supiste escoger este formato?

A mí me encanta el cine, pero me cuesta pensar a la manera de un guión. Justamente por eso me atraía el desafío, en cada bloque ver qué hacía, qué le sucedía a ese personaje. Creo que eso le dio un hilo conductor a la serie, hizo que avanzara. A su vez había un personaje y una acción muy concretos a los que atenerme, supongo que lo condensado de los poemas tiene que ver con eso. En ese sentido fue un trabajo  a su vez arduo y placentero. Salirme un poco de mí, intentar ver cada bloque como una especie de fotograma.

¿Quién es Neddy Merrill para ti? ¿Lo sientes como un personaje propio?

Creo que en mi libro el nadador ya no es Neddy Merrill. Estuvo en el punto de partida, pero para poder escribir necesitaba apropiármelo. Al principio me costó. El cuento es tan potente que cuesta despegarse, ¿qué hace uno con un cuento así? ¿Lo reescribe? ¿Cómo se toma distancia? ¿Cómo se tuerce? ¿Qué los diferencia? Tengo cuadernos enteros de esa época, llenos de preguntas. Creo que de a poco las preguntas empezaron a ser otras, no tan enfocadas en qué hacer con el cuento sino en mi personaje y su propio recorrido.

Algunas las explicito en el epílogo. ¿Por qué necesitaba que este personaje estuviera en el agua? Quería indagar los sentimientos que surgen al enfrentarse con un entorno no natural. Y sobre todo, creo, me preguntaba ¿Qué es lo que lo impulsa a seguir cada vez? Empieza en una pileta, nada, alcanza el borde donde termina, sale, vuelve a zambullirse en otra, y así. La brazada también condensa algo de ese gesto: el brazo se extiende, pareciera que fuera a alcanzar algo y no lo hace: vuelve a hundirse, vuelve a salir. Me decía, estoy escribiendo sobre ese vacío, uno avanza, en la escritura, en la vida, sobre esa especie de vacío. Ese avanzar sobre el vacío es insistencia, es fe.

El narrador de 62 brazadas está en segunda persona, cosa que suele ser inusual en poesía. ¿Por qué tomaste esta decisión? ¿Quién le está hablando al nadador?

Me salió así desde el principio. Pero supongo que tendrá que ver con la necesidad de crear cierta distancia con ese personaje que es otro, una distancia relativa, si no hubiera elegido la tercera persona.

Tu primer libro, La noche de los bueyes, ganó el Premio Internacional de Poesía a la Creación Joven de la Fundación Loewe. ¿Qué significó para ti esta especie de aprobación casi inmediata?

El premio fue importante porque me permitió publicar mi primer libro, en una editorial ya establecida, en España, me permitió viajar. Me permitió hablar una vez por teléfono con alguien de la talla de Gonzalo Rojas, que era el presidente del jurado, y que luego él me escribiera una carta de recomendación. Una carta hermosa que en aquella época me llegó por fax, en papel térmico, ese papel que con el tiempo se va borrando. Guardo la hoja todavía, no se lee nada, casi blanca. Era muy joven, tenía 22 años. Creo que no era muy consciente, escribía desde muy pequeña, pero recién empezaba a hacerlo de una forma un poco más trabajada. Fue importante sentir que alguien podía valorar mis textos. Pero fue ese hecho puntual, la contracara de publicar en un país ajeno, el eterno problema de la poesía: el libro no tuvo distribución en mi país, quedó en un depósito. Recién diez años después lo encontré en librerías de Buenos Aires. Para esa época lo sentía ya lejano, distinto a lo que hago ahora.

Fuiste becada por la Fundación Antorchas para asistir a una residencia de escritores en el Banff Centre for the Arts (Canadá, 1999). Cuéntame de esta experiencia.

Al llegar a Banff me dieron un carnet que decía “Artist”, en la foto salí con los ojos cerrados. Con ese carnet se accedía al comedor, a la biblioteca, a una pileta climatizada. Todos esos lugares tenían grandes ventanas que daban al bosque o a la montaña. Uno caminaba por las callecitas del centro de arte y se cruzaba con pintores, con músicos, con ciervos. Uno iba a escribir, se suponía. Tenía un estudio propio en medio del bosque. El estudio tenía hasta un piano de cola. Yo no toco el piano, no tengo oído musical. O podría decir que no escucho melodías, escucho ritmos. El estudio no tenía cama, era una regla. El espacio de trabajo separado del espacio del sueño. Todos los días recorría la distancia desde una especie de hotel hasta mi estudio. Uno iba a escribir, se suponía. Pero como dice James Laughlin en su texto sobre Gertrude Stein “La única manera de disfrutar de un paisaje es dándole la espalda”.

Hasta ese momento había escrito y punto, no me había cuestionado la escritura. Y en ese espacio tan bello en el que todo estaba a disposición para escribir obviamente empezaron las dudas. Trabajé en unos textos poéticos en prosa y en pequeños diálogos. Un proyecto de libro que terminé abandonando. Desde ese momento no pude escribir poesía durante ocho años. Ocho años. Padecí mucho esa imposibilidad.

Igualmente aclaro que fue una experiencia riquísima estar en Banff, sólo que me enfrentó de golpe con miedos que desconocía. Creo que fue a destiempo, si me tocara ahora sería distinto, ahora que sé que el miedo es parte del asunto. Pero bueno, el destiempo también es parte.

También escribes teatro. ¿Qué vino primero: la poesía o el teatro? ¿Cuál disfrutas más escribiendo?

Durante ese duro paréntesis fue que empecé a estudiar dramaturgia, una búsqueda por aferrarme de algún modo a la escritura. Hice taller con Mauricio Kartun, con Daniel Veronese, con Alejandro Tantanian. Disfrutaba las clases, ahí alguien lee un personaje, otro otro, y al escuchar los textos en voz alta uno se da cuenta si funcionan, si hay tensión, se siente en seguida, en el aire. Escribí una obra de teatro Exactamente bajo el sol que llegó a ponerse en escena. Es fuerte la sensación que provoca escuchar el propio texto en los cuerpos de los actores, ver cómo la dirección puede potenciarlo. Eso que está en el aire, lo que se construye con el público ahí.

También solía ir a ver ensayos de directores que admiraba y trabajé como asistente de dirección. Y fui al taller de Federico León, que es un taller de actuación, pero que hace foco en el proceso creativo en general. Ahí, como observadora de improvisaciones, pude ver en las tres dimensiones del teatro algunos mecanismos que en los poetas suelen ser invisibles. La escritura es, en parte, en su fase inicial, improvisación en soledad. Y en ese taller pude observar mecanismos que me sirvieron para mi propio proceso creativo. Por ejemplo, cómo los actores sostienen el tiempo presente. Si un actor en escena se preguntara, ¿podré actuar? ¿estoy actuando bien? Click, la escena se acaba.

Me sirvió observar la forma de trabajo de Federico con los actores. La mirada atenta: abrir, abrir, todo sirve, se acumula, se transforma, y si algo se detiene, trabajar con lo que aparece: incluso con ese mismo detenimiento. Intentar incorporar ciertos elementos básicos: la paciencia, la fe. Levertov habla de “atención paciente” y de “lo inesperado”. De hecho, mientras hacía ese taller de teatro pude volver a escribir poesía después de tantos años. Ahí empecé lo que terminaría siendo el libro Esa sal en la lengua para decir manglar.

Creo que empecé a escribir series por el miedo a volver a quedarme sin poder escribir. Las series me daban una ilusión de contención, de tener una punta que agarrar para seguir, y esa cosa que te empuja a tener que sostener, que es una pregunta que me hago siempre: cómo se sostiene: un poema, la escritura, la vida.

En Esa sal en la lengua para decir manglar hay una serie, Pentimento, en la que tomé restos de lo último que había podido escribir, en Banff, justo antes de no poder escribir más poesía, y trabajé con esos restos, y terminó saliendo otra cosa completamente distinta a aquellos textos viejos y abandonados. Fue importante a nivel personal, lograr hacer algo con lo desecho. De todos modos, tenía que atravesar esa experiencia, la no-escritura, fue fundamental.

Mi relación con la escritura es más bien íntima, pero fui conociendo personalmente otros poetas que fueron y son fundamentales en mi formación, que me marcaron y me abrieron puertas. Hice un taller individual con Irene Gruss. Una experiencia intensísima, un punto de quiebre. Luego un taller de traducción con Mirta Rosenberg. Son algunos de mis referentes, no sólo en cuanto a la poesía.

Disfruté mucho el paso por el teatro, pero siento que lo mío es la poesía. A su vez creo que hay algo físico en mi escritura. Pero no creo tener una mirada teatral, me gusta instalar un clima, pero después me cuesta poner la escena en movimiento. Igualmente sigo preguntándome cómo cruzar poesía y teatro, a lo mejor alguna vez.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

Me da impresión decir que “estoy trabajando en un proyecto” porque hay cierta seguridad en la base de esa frase, cuando escribir para mí es algo tan endeble, un gesto hacia. Pero bueno, está bien, podría decir que estoy trabajando en una serie en la que hay dos planos que se van alternando: un interior en un hotel, un exterior en un barco. En principio la idea es que llegue a formar parte de un libro, junto con otra sección de poemas autónomos más íntimos.


Un libro que hayas leído recientemente que quieras recomendar.
¿Y una película u obra de teatro?

Películas, muchas, el cine es parte esencial de mi vida. Un punto de apoyo. Se me ocurren películas de mi colección, por ejemplo Solaris de Tarkovsky, Copia certificada y Close up de Kiarostami, Sans Soleil de Chris Marker, Les plages d’Agnès de Agnès Varda.

De teatro, cualquier obra de Federico León. La última que vi fue Las multitudes y ahora están dando en Buenos Aires Las ideas.

Libros, Plainwater de Anne Carson, El paisaje interior de Mirta Rosenberg. En estos días leí Estrategias oblicuas de Brian Eno y Peter Schmidt. Y justo en este momento están saliendo varios libros que recomendaría: El Cairo de Jorge Aulicino, La dura materia del pensamiento de Liliana García Carril, Entre la pena y la nada de Irene Gruss, entre otros.

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Vacaciones


Desde la ventana del hotel veíamos girar
la rueda iluminada de un parque de diversiones,
cada día planeábamos ir
construíamos el relato, el deleite
de una vuelta. Al acercarnos
un letrero decía cerrado en dos idiomas, cada día
llegábamos tarde, casi a propósito
como si quisiéramos dejar ese hilo suelto
para que gire y brille más.

***

Me despiertan los golpes de una obra en construcción

la cabeza todavía en la almohada, esos golpes As I lay
dying, Faulkner pienso, los hachazos
el hijo que construye el ataúd de la madre
un libro que no pude terminar, que había empezado
en otra parte, un viaje, la costa
estábamos en la playa y el cielo de repente tan negro
no era tormenta, un incendio era
lo que rodeaba la ciudad, nos rodeaba
un círculo pequeño, solos, sin hijos todavía
la cabeza en la almohada, cuantas veces
volví a ese incendio, hace falta un chispazo
y uno vuelve y vuelve
a esos momentos, para qué, por qué, a veces
después de mucho tiempo algo se forma alrededor
se construye o crece como el musgo
retiene la humedad del momento, algo retiene
¿un poema? o no, no toma forma, se pierde
como el humo de ese incendio
no se puede saber hasta el final
hasta que la madera
se parta, alguien
me dijo que mi abuelo era tan alto
no entraba en el cajón ¿es verdad?
¿importa ahora, acá, eso?
el libro que no pude terminar, los golpes
de la obra en construcción, los hachazos
¿eran hachazos o eran martillazos?
Precisión: los clavos
se van hundiendo, la cabeza
todavía en la almohada y esas cabezas
rugosas de los clavos, para que no se deslice
el martillo ¿cómo se llega hasta ahí?
Dejar que las cosas
se deslicen un poco: aparecer en otra parte
crece sobre nuestras cabezas el humo del incendio
estamos en la playa, el cielo partido
negro, celeste, y nosotros
tirados en la playa, solos, dos
cómo es
que de repente se juntan
un pájaro levanta vuelo, se suelta
la cara de Faulkner parece mirarnos
el libro boca abajo a un costado
abierto en dos, arena entre las hojas
As I lay dying
las letras negras del título
¿cómo se traduciría?
El negro del humo avanza y nos cuesta
dejar de mirar el mar.
Seguimos ahí pero ya nos fuimos.
Ya guardé el libro en la mochila,
nos sacudimos la arena del cuerpo
una aspereza agradable. Seguimos ahí
pero ya nos fuimos, llegamos al cemento que separa
la playa de la calle, y el auto
es un fondo de arena, nos vamos
de ese incendio, de la ciudad
es suave la autopista
¿y los golpes, los hachazos?
Recuesto el asiento
As I lay, lo que se acaba
es el día, un día
cierro los ojos: la playa, el agua de la orilla
la suavidad del musgo que recubre una piedra
¿y los clavos? ¿las cabezas rugosas?
Un martillo que igual se desliza, nos deslizamos
la ruta adormece, nos va llevando
esa ilusión de permanencia que da
cierta velocidad
y lo que la entrecorta
el golpeteo de un papel pegado al parabrisas o el aleteo
de un pájaro alerta al cielo partido.
Si no son hachazos, es una obra en construcción
o la pura insistencia: el mar
la arena que se me va del cuerpo ahora
cuando me despertás
¿Seguimos ahí?


Silvina López Medin nació en Buenos Aires en 1976. Publicó los libros de poemas “La noche de los bueyes” (Madrid, Visor, 1999), Primer Premio Iniciación de Poesía de la Secretaría de Cultura de la Nación y Premio Internacional de Poesía a la Creación Joven de la Fundación Loewe, “Esa sal en la lengua para decir manglar” (Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2014) y “62 brazadas” (Buenos Aires, Zindo & Gafuri, 2015). Su obra de teatro “Exactamente bajo el sol” (estrenada en el Teatro del Pueblo, 2008) recibió el Tercer Premio de Obras de Teatro del Instituto Nacional del Teatro y participó del Festival Internacional de Buenos Aires. Tradujo al español, junto con la poeta Mirta Rosenberg, el libro “Eros the bittersweet” de Anne Carson (Buenos Aires, Fiordo Editorial, 2015).