“El hijo único soy yo”

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Entrevista a Juan Luis Landaeta


Naciste en un entorno en donde el contar historias era parte de la vida cotidiana, en una familia grande, ruidosa y fiestera. ¿En un comienzo, esto te impulsó a querer escribir narrativa?

Yo creo que todos ellos eran y son escritores, lo que pasa es que no escriben. Por el lado de mi familia materna toda la escena es desmedida: son más de veinte hermanos, hijos de mi abuelo con tres señoras distintas. Lo cierto es que ellos decidieron ser simplemente hermanos, por encima de todas esas posibles diferencias. Creo que es imposible, tratándose de una familia tan grande, que la variedad no fuera el precepto. ¡Son tantos! Eso hizo (y hace) que cada reunión familiar, por más pequeña que sea, reúna una tremenda cantidad de historias, tropiezos y anécdotas. Creo que no hay abstemios entre ellos, por lo que en pocas horas la sazón de los cuentos es genial. Estoy hablando de 10 personas felices cantando en la sala de una casa, compartiendo despechos, persecuciones políticas, confesando penas o brindando el nacimiento de un hijo. Todo eso al mismo tiempo.

Las fiestas son una imagen frecuente (ya que preguntas por mi familia) porque solían durar mucho. En las horas de esas reuniones, se iban (por empatía) armando pequeños grupos, de los mayores, los menores, los adolescentes, los más borrachos. Casi siempre era el menor en el sitio, así que me tocaba callar. Andar por ahí jugando, escuchando. Insisto, más allá de que ellos escriban “formalmente”, en mi cabeza, eran escritores. Contaban bien. Con pausas, intrigas, gestos y con una patente: el humor.

Mi familia, como cualquier familia grande, venezolana, del siglo XX, tuvo militantes políticos, perseguidos, profesores. Pero en revisión, lo que une cada una de las “sesiones” de esos patios empapados de cerveza, ron o whisky es el humor. Nada fue grave en esos discursos que me rodearon. En ese sentido, es esto último lo que sentí y siento como un impulso. No el hecho (bastante arbitrario) de escribir o empezar a escribir, sino de hacerlo con humor.

Tu primer poemario, Destino del viento, ganó Mención Especial en Poesía del III Premio Universitario de Literatura otorgado por la Universidad Simón Bolívar. Pareciera que ganar este premio es una especie de rito de iniciación al mundo literario venezolano para cierta generación. ¿Qué opinas de esto?

(Risas) (Más risas) la verdad es que todos los ritos de iniciación me parecen terribles, incluyendo los abiertamente violentos, pero no es el caso. La verdad es que no creo que sea ningún rito y mucho menos de iniciación. Es una muy buena iniciativa, eso sí. El tema me parece que va orientado hacia dos posibilidades: 1) ganar un premio (el que sea) suele ser más que un honor, el camino más corto para publicar un texto y 2) naturalmente obtener un cierto “aval” o reconocimiento. Como sabemos, ambas cosas pueden mutar en un mero ejercicio de vanidad. No hablo específicamente del PNUL, que me parece necesario y positivo, sino de los premios en general. No se sabe muy bien nunca por qué alguien gana un premio o no. Habría que ser muy necio para obviar los cientos, miles de obras que todavía siendo geniales, no reciben reconocimiento alguno.

Los premios, bien orientados, están destinados a promover, apoyar y difundir. En el caso de autores jóvenes (o muy jóvenes) ya el rigor de ordenar, editar e imprimir un conjunto de textos para ser presentados, es un buen paso. Parece un comentario absurdo pero no lo es. Alguien que quiera participar en estos concursos, si decide, aun estando en la sede de la organización no depositar los manuscritos, ya ganó algo para sí. Tiene un cuerpo unido en sus manos, una disposición de su propuesta. Bajo ese sentido, “emprender” la tarea de concursar de lleno, implica un rigor mínimo que encuentro positivo. Sin lugar a dudas, si el jurado está integrado por personas cuyo criterio sea respetado y se garantice la imparcialidad, pues mejor.

Ahora hay muchos concursos. Están en el mapa de las posibilidades, así como los talleres. Quizás hace un par de décadas un premio de literatura era tan raro como un taller literario. Ahora hay muchos talleres y muchos concursos (indistintamente de su calidad) cosa que parecería fortalecer el tránsito de una cosa a otra, hecho este que me parece un poco mecánico y triste. Si un libro se escribe y gana un premio, hay que tener muy claro que ese premio, es lo menos importante que le puede pasar a ese libro. Lo importante para un texto es que encuentre sus lectores, con o sin medallas. En cualquier caso, el PNUL ha tenido una buena tradición y una magnífica visión, ya que ha concertado entre sus ganadores, premiados y mencionados, a muchos buenos y jóvenes escritores, además de permitirles ser publicados en la Editorial Equinoccio, siendo estudiantes universitarios.

Aunque por un tiempo te dedicaste a ejercer el derecho en Caracas, durante los últimos dos años realizaste la Maestría en Escritura Creativa en Español de la New York University. ¿Esto cómo influyó en tu escritura y en tu forma de vivir la literatura? 

Esa pregunta habría que invertirla, porque lo que podía afectar esos procesos era precisamente estar estudiando Derecho y luego trabajando como abogado. La verdad es que mi vínculo con ese instinto es bastante vital. Está (por lo menos el impulso) bastante alejado de lo que esté haciendo en el día a día. Los textos que terminaron componiendo Litoral central empezaron a aparecer en escenarios, horas y sitios bastante disímiles. Terriblemente disímiles. Una antología de poesía budista en el oscuro mesón de espera del archivo del Tribunal Supremo de Justicia es algo que visto hacia atrás, me provoca mucha risa.

Sin lugar a dudas, para mí es mucho más importante y duradero lo que pienso, a las cosas que me pasan (aunque de la experiencia viene la reflexión). Creo que siempre he sentido muy claras esas cosas. Podía, como pude, llevar esa vida y estar haciendo estas otras cosas que realmente me interesaban y que nada sabían de archivos, oficinas o papeles. Es más, algo en mí disfrutaba saber que a pesar del trajín cotidiano, algo mucho más valioso (al menos para mí) se tramaba. Además, de manera autónoma. La Maestría representó para mí, una descongestión y claro, muchísima libertad. Más y mejor tiempo para hacer lo que siempre hago. La verdad es que la pasé muy bien y siento que es un privilegio para quienes “escriben” contar con un espacio de reflexión, lectura y trabajo así.

¿Qué es La conocida herencia de las formas?

¡Qué buena pregunta! Bueno, debo afirmar lo primero que me viene a la mente: un verso del libro homónimo. El texto que lo incluye fue escrito en mayo o junio de 2010, junto a otra imagen que me rondaba en ese momento “la convulsión de la marea”. Recuerdo el momento en que escribí ambas líneas en una libreta de dibujo que usaba por ese entonces. Son dos imágenes asociadas, por un lado, me gusta pensar en la convulsión –ese movimiento perenne, que siempre está y que implica, una conversión.

Ese libro, que como casi todas las cosas de la vida, apareció en medio de “algo más”, terminó reflejando muchos arquetipos y sin romanticismo, el tema del amor. Ahora que digo “tema del amor” recuerdo una bellísima picardía que me dijo Eleonora Requena cuando lo leyó: el amor también es un género literario. Allí pues, sin lo típicamente romántico, está reflejado el encuentro, el acercamiento vital de dos personas. Casi todos los textos de ese libro estuvieron antecedidos por un dibujo. Dibujé mucho en esa época, para mí era indivisible una cosa de la otra. Tomé los poemas o los dibujos como devenires de la tinta, sin más. En esos dibujos, mayormente abstractos, también notaba formas comunes. Pienso, cinco años después, que todos esos elementos, así descritos, conforman esa “conocida herencia” a la que nadie se puede hacer ajeno.

Tu tercer poemario, Litoral Central, recién publicado por Sudaquia Editores en Nueva York, conversa sutilmente con el elemento de la luz en la obra del pintor venezolano Armando Reverón. ¿Cómo concibes la relación entre la obra plástica y el quehacer poético?

Esa ha sido una experiencia reveladora. Iniciática “a todas luces”, porque yo empecé a escribir Litoral central bajo la muy potente, pero natural, incidencia del sol en Venezuela. Esos procesos de detención y aletargamiento próximos al mediodía en que las cosas parecen desaparecer, desdibujadas. La luz en exceso enceguece. No hay que estudiar mucho para saber que uno puede quedar deslumbrado en segundos. Esa concepción me llevó a otra, más fantástica: lo que vemos brillar emprende un viaje de vuelta hacia su fuente. Es decir, toda la luz de la tierra, “va” hacia otra, que es su fuente: nuestro sol. Aunada a la libertad de esos planteamientos, estaba la vieja, subterránea y escolar fascinación por la obra de Armando Reverón.

A mí siempre me pareció una torpeza que la gente (mucha gente) se refiera tanto a él y no a su obra. Más gente sabe de sus habilidades histriónicas que de su técnica. En fin. Sin mayor instrucción me empecé a dirigir a los cuadros que estaban disponibles en Caracas y a algunos libros. Allí sí empezó la instrucción y el recorrido. Leí todo lo que estuvo a mi alcance en ese momento de ese fabuloso artista. Recién llegado a Nueva York, mi primera clase fue sobre écfrasis poética, que sería un diálogo entre la manifestación plástica y la imagen poética.

El poema que cierra Litoral central fue escrito de un tirón (su primera y antiquísima versión) en una especie de trance escuchando allí mismo en el salón el poema del espejo convexo de Ashbery. Años atrás, había leído el “Hopper” de Mark Strand y creo que esas relaciones entre imágenes me dejaron impresionado. Por último, creo que en todos los casos se trata de traducciones. Lo mismo que hacían los rayos de Macuto lo hacían aquellos de Caracas. Ese impacto de la luz como definición fue lo que impulsó y unió esos textos. Es evidente que las manifestaciones artísticas son eso, distintas manifestaciones, en diálogo, incorporadas, complementarias. Ya quisiera yo que al menos alguno de esos versos causara en alguien (mínimamente) lo que la visión del período sepia o blanco de Reverón genera en mí. Luz.

¿Qué te diría Borges si te escuchara citarlo?

¡Jajajaja! Borges tenía un maravilloso sentido del humor, además de un interés especial por todas las cosas, incluyendo las que lo implicaban. Un gran porcentaje de las veces que lo cito, lo imito, cosa que me hace suponerlo ante la impresión de escucharse imitado. Creo que se habría preocupado de que lo imitara bien y no usara falsas fórmulas. Estoy seguro de que hubiera corregido cualquier cliché que “sonara” argentino. Vivió los últimos 26 años de su vida acostumbrado (quizás padeciendo) que lo trataran como a una estatua, un honor vivo, un dragón enjaulado. Es más. En una ocasión supo de alguien que había firmado y dedicado un libro suyo “a la manera de” y lo encontró ingenioso. Creo que no se molestaría y de hacerlo, me haría polvo con Bioy, donde sea que estén.

Tengo entendido que tienes un libro inédito llamado El hijo único. Háblame de él. 

Es así. Fue mi libro-tesis de la Maestría y de alguna manera la condensó. Lo escribí en un año, con una calma tremenda porque cada texto aparecía entero. No por brillantez sino por su síntesis. La búsqueda (ahora lo veo un poco más claro) era que cada uno de los textos respondiera a un momento (por demás doloroso) en mi memoria. La vida o el destino, hizo que yo tuviera dos madres. Al momento de venirme a Nueva York una de ellas, había muerto unos meses atrás. Murió enferma de un cáncer tremendo que la dejó sudada y débil en la misma cama de su cuarto en Maracay, un lunes después de semana santa.

Lo sorpresivo del hecho, más las tristes circunstancias familiares que lo rodearon me dejaron prácticamente mudo, adolorido y asqueado. No tenía planteado escribir sobre eso pero uno no decide esas cosas. Un día me senté y escribí “Yo tuve un padre hasta los huesos” con todo el hartazgo y la ironía que encierra aquello. Allí empecé ese libro que en su forma final tiene 100 páginas divididas en cuatro partes, más o menos asociadas a cuatro “estadios” previos a la muerte misma. Si tuviera que pensar en “presencias” mentales que atravesaran los textos, pensaría en las lecturas de Parra, Kozer, Watanabe, Pacheco y Zurita.

No se parece a nada de lo que escribí antes y tampoco a lo que he escrito después. En cualquier caso, fue honestamente, un libro necesario de escribir. No me sanó ni enfermó de nada. Creo que tanto el dolor como la alegría, en sus estados más exaltados, son incomunicables. Hay algo de un torturado o de un místico en su éxtasis que nunca podremos saber. Solo cumplí con una cosa: no hablar de la muerte con un tono sobrio, elegíaco, a todas voces ajeno. Creo que quien lo lee me siente hablar. El hijo único soy yo.

Eres editor asociado de la revista cultural Viceversa. ¿Qué tal la experiencia de promover a artistas hispanoparlantes en Nueva York?

ViceVersa es principalmente una plataforma de promoción de la excelencia de América Latina en el mundo y especialmente, Estados Unidos. Ese principio rige su forma principal, la de revista digital y pronto demostrará su presencia en otros ámbitos comunicacionales. Como tuve la oportunidad de decir en un editorial publicado en sus primeras semanas, ViceVersa está en el ingenio y el talento de millones de personas que están trabajando en tantos ámbitos como el ingenio humano permite. Por ello no es una publicación de entrevistas, a pesar de tenerlas, o de crónicas, arte, política o diversión.

Es una plataforma de excelencia. Lo es de promoción cultural tanto en cuanto tomemos a la cultura como manifestación común de las actividades humanas. Por ViceVersa han pasado en estos 11 meses, desde médicos, deportistas, fotógrafos hasta embajadores, cronistas y diplomáticos. Contamos en este momento con casi 200 colaboradores entre todas las secciones del corpus. Esos colaboradores pueden estar en Chicago, Brooklyn, Miami, Montreal, Madrid, Berlín, Lima, Buenos Aires, Barcelona o Londres. Los une su ímpetu y su talento. Ver y potenciar semana a semana tanto esmero no puede sino ser muy gratificante.

Además del rol de Editor Asociado, mi colaboración en el contenido está compuesta por entrevistas, principalmente. En un momento de mi vida pasé a tomar todas las mañanas mi celular, su cargador y la grabadora. Entrevistar ha sido y es, un placer enorme.

¿Cómo percibes el cambio del panorama cultural neoyorquino?

Nueva York es el cambio hecho ciudad. Tengo suerte de que la mesa en que me senté a contestar estas preguntas siga donde estaba cuando llegué. No creo que esté ocurriendo “un cambio” específicamente. Desde la experiencia, hispanoparlantes que vivieron aquí en los 80´s dicen que en aquel entonces había muchísimas librerías enteramente en español. Hoy en día hay secciones y contadas. Con eso lo que quiero decir es que hablar de una “invasión latina” me parece una falsedad. Aquí están todas las invasiones juntas, asiáticas, africanas, europeas, oceánicas, todas.

No siento ningún cambio que no tenga que ver con los de la época, es decir, el mundo de Apple, CVS y todo aquello. Parece que lo “alternativo” o “under” que regía la escena, ha mutado también en nuevas formas de diversión ligadas al consumo. Pero eso está pasando en todo el mundo. Laptops invadiendo los cafés, en fin. La amenaza no está en las sintonías sino en la pérdida de las diferencias, en la homologación de todo, en que todos los distritos y todos los vecindarios tengan la misma red de farmacia, comida o servicios. Eso me parece un cambio peligroso.

Por otro lado, siempre habrá alguien haciendo “lo que no se debe” cosa que en algún momento fue el cuasi slogan de la ciudad. El panorama es que no hay panorama. Ahora es más fácil que alguien publique, imprima y distribuya su obra sin salir de su casa. Es verdad que quizás, ya la ciudad no sea tan mítica y esos estándares agredan su particularidad asemejándola a otras grandes y modernas “hechuras” del capital.

Tienes una relación muy cercana con la música, especialmente con la que privilegia el uso de la palabra. ¿Cómo se presenta para ti la relación entre lengua y música?

Con toda la música. Bueno, lo primero que habría que decir es que la música es un lenguaje, mucho más universal que la literatura. Se puede escuchar música (cualquier música) sin instrucción musical, en cambio un analfabeto no puede sino naufragar frente a un párrafo en cualquier idioma. Las frecuencias, los intersticios, los ritmos, están en todas partes. El momento en que una tradición es transmitida oralmente, con ciertas cadencias y sobresaltos, susurros o estridencias, se está conduciendo lo humano a través de la música.

Ahora, con la palabra, quizás el siglo XX tuvo una exaltación de la canción que llevó a la canción pop de tres minutos y medio que impera en la radio y que amenazó a una obra como Like a Rolling Stone. Las arias y la Ópera ya tenían una “canción” pero no había radio ni tarimas de TV. En ese sentido, creo que a partir del siglo pasado y de la influencia de (unos cuantos, fundamentales) compositores, se empezó a construir un género que me encanta e influye mucho, que es el que aludes. Algo pasa en el mundo cuando aparece alguien como Dylan con ese fraseo tan particular, o un Stevie Wonder, Mercury, McCartney. ¿Cuántas cosas pasan en Subterranean Homesick Blues? ¿y en A day in the life? ¿Maestra Vida? Yo crecí en un ambiente donde había muchísima música. Mucha salsa, por ejemplo. Yo creo que en mi vida, hay una canción detrás de todo. La música me ha permitido descubrir y disfrutar cosas muy complejas, ajenas a mi conocimiento.

Por ejemplo, hay algo en Innuendo, de Queen que habla de la muerte sin traerla a colación. Los dinosaurios, de Charly García, cuando tienes 15 años y tu papá acaba de morir es algo que te cambia la vida. Allí porque hay párrafos e imágenes claras, pero la música “La” está compuesta de frases, igual de profundas y expresivas. Bach, Mozart o Rachmaninov. Allí sí nos vemos más comprometidos porque hay que ver lo que unos pocos minutos de esos colosos pueden hacer en nosotros. Ahogo y gloria.

Juan Luis Landaeta, Caracas (1988) En 2008 resultó ganador del I Concurso de Poesía y Cuento de la Escuela de Derecho de la UCAB con “Comercio Carnal”. En 2009 recibió una Mención de  Honor en el III Premio Nacional Universitario de Literatura por el libro “Destino del Viento”. En 2011 con el libro “La conocida herencia de las formas” recibe una mención especial en el I Premio Nacional de Poesía Eugenio Montejo. Es abogado egresado de la Universidad Católica Andrés Bello en 2012. Cursa actualmente la Maestría de Escritura Creativa en Español ofrecida por New York University y es Editor Asociado de ViceVersa Magazine en Nueva York.