“Las Patricias de Hanni”

ScreenShot2015-05-23at8.19.54PM

Entrevistas a Patricia Van Dalen y Patricia Guzmán en torno a Hanni Ossott


PATRICIA VAN DALEN

Fuiste alumna de Hanni Ossott en el Instituto de Diseño Fundación Neumann. ¿Cómo comenzó tu amistad con ella?

Me fascinaba su clase, era mi favorita de las diferentes materias que tuve en los primeros años del Instituto, entre 1973 y 1975. A pesar de que el salón de clase se llenaba de alumnos, sentía de alguna manera que yo era la única que estaba concentrada en lo que Hanni decía — o dejaba de decir. Esto ocurrió en dos lugares, en un salón de un edificio industrial en Los Ruices, en el primer año, y en el segundo año, en un cuarto con pupitres y dos ventanas que daban al jardín de una casa en la Alta Florida, un espacio bañado de una luz muy especial con un gran pizarrón verde y a Hanni usualmente en una esquina de pie. Me parecía intrigante su manera de irnos llevando por los libros que ella consideró incluir en este seminario. Alicia en el País de las Maravillas fue uno de los temas, también Por el camino de Swann de Proust, Las Elegías de Duino de Rilke, Un golpe de dados de Mallarmé, ¡ah! y Las Olas de Virginia Woolf, todos dejaron huella en nuestra psique.

Tal fue la influencia que Hanni tenía sobre algunos de nosotros, que por mi parte luego de ya no estar en su clase, quise conservar el diálogo, las preguntas y su compañía. Cuando Hanni se preparaba para mudarse a Grecia, ya éramos amigas. Recuerdo que vivía en Chuao en un apartamento luminoso, y que me quedé con muchos de los catálogos de exposiciones que ella conservaba en su biblioteca cuando empacó sus cosas para la mudanza a Europa. Comenzó luego una correspondencia periódica, cada vez más cercana. Hanni se mudó luego de un año, creo, de Atenas a Hampstead, Inglaterra. Ya vivía yo en Paris a principios de 1980, cuando recibí su llamada desde el norte de Londres para invitarme al matrimonio con Manuel Caballero. Esto selló nuestra amistad que continuó durante el resto de su vida.

¿Cómo influyeron sus clases en tu percepción del arte y del color?

No sabría decir si sus clases influyeron de manera directa en mi percepción del arte, porque además no era arte lo que estábamos supuestos a estudiar en el IDD, sino diseño, que es otra cosa. En todo caso, cuando ella fue nuestra profesora, la parte que me resultó más significativa fue la relacionada con la literatura universal, que nos despertó el imaginario, el juego con las palabras, y desarrolló nuestra sensibilidad; nos abrió las puertas a otros niveles de conocimiento.

En cambio, la palabra arte no la recuerdo como parte de su vocabulario, aunque por supuesto tratamos temas como la comunicación visual y los fundamentos del diseño, y del arte, con libros como Punto y Línea sobre el Plano de Kandinsky. Pero no me extraña que no recuerde sino las clases sobre grandes obras literarias, y no aquellas en las que se hablaba del arte, porque usualmente me siento más cómoda con otras lecturas; con las que emiten resonancias poéticas, por ejemplo, y aquellas que estimulan la imaginación.

Siento que el arte me fue ajeno durante mi formación en el Instituto. Hanni, ya en tanto que amiga, más que hablarme de arte lo hacía sobre música (Eric Satie), poesía (sobre todo la suya), cocina (“Patricia, cocinar solo tiene sentido después de los treinta años”), sobre su familia, el mar, las flores del apamate, el parque de Hampstead, sobre tantas cosas de lo cotidiano, describiendo detalles de su vida con precisión. Hanni no desperdiciaba palabras: decía frases que suenan a sentencia, anunciación, a oráculo. Siempre con certeza. Aún así, llegó a decirme que también había que aprender a hablar pistoladas.

A Hanni le dio curiosidad cuando comencé a dibujar hacia 1983, cuando fui dejando la aspiración de ser ilustradora para irme acostumbrando a la idea de que tal vez sería artista. Me observaba expresarme con creyones y pinturas y, cuando le pedía su opinión, no se refería tanto a la parte estética de mi trabajo, sino más bien a cómo yo lo hacía, mi gestualidad, la energía, y de aquellas fuerzas que percibía en los primeros trabajos. Años después fue a Hanni justamente a quien pedí escribiera los textos de al menos tres de los catálogos que se imprimieron en ocasión de exposiciones individuales mías. Yo confiaba en su criterio y era para mí el mayor de los privilegios el que pusiera en sus palabras lo que mi trabajo le producía, que pudiera leer mi obra y traducirla en términos verbales para los demás.

Hanni Ossott

En la época en la que viviste en Paris, comenzaron una correspondencia de cartas Hanni Ossott, el artista plástico Roberto Obregón y tú. Cuéntame sobre esto.

En el libro “Sala Mendoza 1956-2001”, en la página 168, hay una fotografía que nos recoge a los tres conversando, escena que se repitió muchas veces en varios lugares de Caracas desde mediados de los 70 hasta principios de los 80. Era 31 de diciembre de 1980, en un hostal de los Alpes Franceses, y allí estábamos un grupo de amigos venezolanos, pero Hanni y yo nos apartamos para ir a escribirle a Roberto, que era nuestro amigo común, al que extrañábamos por igual. Hicimos un cadáver exquisito que le enviamos por correo. Esa fue la única vez que le escribimos juntas, en el mismo trozo de papel. Por cosas del destino, y gracias a una persona que sabía apreciaría muchísimo conservarla, me fue devuelta esa carta y la conservo ahora entre mis tesoros. Así como todas las cartas entre Roberto y yo, y Hanni y yo, y en casi todas se mencionan a su vez el uno y el otro. Me encantaría saber de las que se escribieron Hanni y Roberto… No conozco ese lado de la ecuación.

¿Cómo influyó su poesía en tu obra como artista?

Es difícil de explicar. Creo que la Hanni dentro de mi sistema estructural, de referencias y parámetros que delinearon valores a seguir, fue de las principales personas que me dieron permiso para ser artista. Que es algo que vino muy lento, y casi como un defecto de fábrica habiendo estudiado en una escuela de diseño gráfico. Era natural que después de imbuirme en su escritura, su pensamiento, su personalidad, y bautizarla alguna vez como una “madre intelectual”, el producto de mi propia cosecha se construyera sobre la base, uno de cuyos pilares fue Hanni.  A veces frágil, a veces implorante, o lapidaria, muchas veces descriptiva mostrándonos los objetos y la naturaleza, siempre escribió desde lo más adentro de su propio centro; contundente, completamente honesta y descarnada.

Recuerdo por ejemplo el día en que escribió Del país de la pena. Lo escribió de un solo tirón en una noche de noviembre de 1985 hasta las cuatro de la mañana. Me lo leyó si no ese mismo día, por ahí cerca. Cómo no me va a influir su portentosa escritura. Tuve su aprobación, la de ella, la que sabe, desde el comienzo de mi nuevo interés en eso que se convirtió en la pintura. Saberla de mi lado me dio seguridad. Fue también Hanni quien me invitó a dar clases, dijo que era importante que lo hiciera. Y gracias a su empuje enseñé a ver Color en el Instituto de Diseño Neumann, que era la materia que requería de un nuevo profesor. Así que esto también forma parte sustancial de quien soy como artista, pues Color ha sido por más de treinta años el elemento identificativo y recurrente en mi obra.

Se ha ido creando una especie de leyenda literaria alrededor de la muerte de Hanni Ossott. Muchos asumen o quieren creer que se suicidó: lectores atrapados por el mito de la “poeta suicida”. Sin embargo, sus seres cercanos saben que no fue así. ¿Qué piensas sobre esto?

Yo no estaba en Caracas cuando falleció Hanni. Manuel me llamó por teléfono y recuerdo que dándome la muy triste noticia me dijo que Hanni se había atragantado con una galleta hacia las nueve de la noche del 31 de diciembre, y que con ese ataque de tos le había venido un paro, no se si cardíaco o respiratorio. Que él me había incluido en el Obituario que se publicó en la prensa nacional, como parte de la familia de Hanni.

Hanni no se suicidó, si lo hubiera hecho así lo hubiera comunicado su esposo. Fue mucho más simple que eso, fue con algo tan amoroso y hogareño, ¿literario?, como comer galletas, en su casa, acompañada de Manuel y de Ulises, su gato. Nunca tuve la impresión de que a Hanni le interesara el suicidio, no hablaba de eso, no escribió sobre eso que yo sepa. Y a Hanni las cosas o le interesaban, o no le interesaban, no había medias tintas. Yo no sabía que existía la duda; me parece que esa leyenda más que inexacta, es ilógica. No estamos ante alguien que escondería algo así, me refiero a Manuel.

Obras completas

En las Obras completas de Hanni Ossott hay un texto crítico de Patricia Guzmán y una de tus obras como portada. Tengo entendido que la escogió el esposo de Hanni, Manuel Caballero, con quien también tenías una amistad cercana. ¿Qué significó para ti acompañar su obra completa?

Fue Bernardo Infante en abril de 2006 quien me escribió planteándome que Manuel y él estaban comenzando a preparar la publicación de las obras completas de Hanni, y que consideraban que una obra mía debía ir en la portada de uno de los dos tomos que se pensaba hacer (el de poesía-traducciones, y el de ensayos), además de una edición de serigrafías de mi autoría que acompañaran al libro. En febrero de 2008 le envié por email el proyecto definitivo a Bernardo, proyecto que aprobaron y que se imprimió en la editorial Bid & Co. Fue inmenso el impacto emocional al ver esta pieza realizada especialmente para Hanni ya en la portada troquelada de las Obras Completas.

Al principio extrañé los colores originales de esa imagen que creé a partir de una fotografía digital de un detalle de una instalación mía de banderitas de vinil anaranjadas, rojas y rosadas, pero luego comprendí que tal y como había quedado era el tono que debía tener, más sobrio. Así lo habría querido Hanni, una portada más enigmática, menos literal, menos “chillona”. A medida de que pasa el tiempo esta suerte de alianza entre mi trabajo y la escritura de Hanni en el objeto libro (que entiendo está agotado en las librerías), cobra más importancia; para mí es un símbolo de nuestra amistad, y de algún modo su bendición a mi obra. Es un raro privilegio, por único, poderla acompañar de esta manera, proyectando en la portada de este libro potente, cuyo prólogo es de nuestra querida amiga común Patricia Guzmán, una imagen cuyo origen estuvo signado por toda la cultura que Hanni me legó. El 13 de julio de 2008 se presentó el libro Obras Completas en el Centro Cultural Chacao, de Caracas.

¿Cómo recuerdas a Hanni Ossott?

Como un ángel, bella, delgada, de pantalones azul marino y blusa celeste de rayas blancas; un estilo de peinado tipo francés, corto, el pelo lacio y rubio; un perfil semejante al de Romeo en la película de Zeffirelli. El físico de ella era único, yo no conocí nunca alguien como Hanni. Como sacada de un libro o de una película. Siempre la percibí iluminada, de una inteligencia refinada, lúcida, cruel a veces pero sin maldad. Los ojos de Hanni ocupaban la mitad de su cara, y su mirada transparente venía siempre cargada de una intensidad singular, franca, inquietante, nunca banal. Fumaba, mucho, y lo hacía con estilo. Se vestía conservadora con zapatos clásicos de cuero, bellos zapatos y carteras sobrias que hacían juego, color caramelo. No usaba joyas, apenas zarcillos pequeños, el anillo de casada, y un sencillo collar. Y una sonrisa discreta, como de quien está contenta. ¡Me gustaría mucho poder conversar de nuevo con ella!

Patricia Van Dalen: Desde hace más de tres décadas he estado interesada en la abstracción, la intervención efímera en jardines, y el diseño de obras permanentes para espacios arquitectónicos tanto públicos como privados. Deseo crear obras que gocen de una gramática propia y que generen preguntas en los observadores para hacerlos conscientes del color y de la construcción de formas con elementos simples. Me gusta tomar un espacio y transformarlo a través de instalaciones específicas para el lugar, con el fin de producir asombro en aquellos que hacen uso de él.

PATRICIA GUZMÁN

¿Cómo conociste a Hanni Ossott? ¿Ya habías leído su obra antes de comenzar la amistad?

Antes de poder decir cómo la conocí, debo aclarar además que mi relación con Hanni fue gestándose lenta y progresivamente. La primera vez que nos vimos fue en febrero de 1987, en casa de la poeta Elizabeth Schön, quien tuvo el bello e inolvidable gesto de ofrecernos a mi esposo Nicolás y a mí un almuerzo entre amigos comunes, invitados por ella, como despedida por nuestro viaje a París, ciudad donde yo cursaría estudios de doctorado mientras Nicolás seguiría sus investigaciones científicas en el Instituto Pasteur.

Una mañana de noviembre al cierre de 1997, la sombra del jardín del fondo de la casa editora Monte Ávila, en Altamira, nos volvió a juntar y compartiendo una pequeña mesa con María Fernanda Palacios y Rafael Cadenas celebramos la aparición de El circo roto.

Eslabones entre Hanni y yo, también fueron sus hermanas, particularmente Süsse e Ingrid y muy especialmente su compañero de vida Manuel Caballero, quien el 14 de febrero preparaba un desayuno especial para Hanni por su cumpleaños al que solía invitarme, entre otras ocasiones.

Además de amigas eran colegas. ¿Cómo funcionaba esa relación entre dos poetas de sensibilidad tan fina?

Intuyo, Raquel, que lo que llamas muy acertadamente “sensibilidad tan fina” quizá haya sido un rasgo que Hanni reconoció en mí con el que podía sentirse afín.

Si bien yo también escribo poesía, no me atrevería a considerarme a la altura de Hanni. Ella en una ocasión me dijo que le habían gustado los dos libros míos que había leído –se refería a De mí, lo oscuro y a Canto de oficio, mis primeros títulos- porque no eran “mentirosos” y porque le hicieron ver como yo me tomaba en serio el sufrimiento y la escritura.

Una de las referencias a la que le otorgo mayor valor, es la que le escuché decir al poeta Armando Rojas Guardia en ocasión de la presentación de mi libro Con el ala alta, en la librería El Buscón: “Otro tanto podría afirmarse de la asidua aparición del ángel en estas páginas, el cual por supuesto nos remite al Rainer María Rilke de las “Elegías de Duino”, cuya traducción nos ofreciera Hanni Ossot, tan cara a Patricia por muchos motivos”. No explícitos para mí, motivos que se me imponían como una inmensa disposición a entenderla y atenderla, a socorrerla, a desvelarme con y por ella, a temblar con ella, a afiebrarme junto a ella, a sentirme tan desvalida como ella, a mojarme los pies con ella en la “Playa sin fin”, a ascender a los acantilados para alcanzar la prístina flor Edelweiss, “florecilla apasionada/entreverada entre las rocas”, ante la cual le escuché declarar su ansia de “un cielo alto/rocoso/pleno de dioses”.

Todos conocen y admiran a la poeta, ¿cómo era la amiga?

No puedo decir con claridad cómo era la amiga, porque el lazo de amistad entre Hanni Ossott y yo estuvo circunscrito al ámbito psíquico y poético y no al ámbito del diario devenir.

Si bien compartimos un café y almorzamos alrededor de una misma mesa el motivo que nos reunía -excepto la celebración de su cumpleaños que antes mencionara- era de orden poético: conversar sobre su obra y/o presentar un libro suyo.

De cómo era Hanni la amiga, pueden dar testimonio –entre las personas que conozco  y que sé que fueron sus amigas- especialmente Patricia van Dalen, María Fernanda Palacios, Arlette Machado, Laura Sardi Pérez-Matos, y Judit Gerendas, quien escribió un perfil de Hanni tan vívido que se me impone incorporar: “Recuerdo la luminosa figura de Hanni participando en la Renovación, serena y apasionada, tímida y llena de coraje. Era una de las más jóvenes, una niña casi. Delgada, grácil, muy bella, permanecía sentada escuchando en silencio, la cabeza inclinada a un lado, seguramente ya figurando infinitos. Luego intervenía, concisa, breve, tajante, segura de sí misma.”

Hanni Ossott

¿Cómo la recuerdas?

La recuerdo como un gato, como su gato Ulises porque me quedó grabada la energía que se establecía entre Hanni y ese animal, cuando ella le miraba fijamente: ambos tenían los ojos azules –los de Ulises eran verdes “y en la tempestad, azules”, escribe Hanni en un poema sobre Ulises, en el que podemos entrever la asombrosa y enigmática manera cómo se proyectaba en el… “y te contorneas al borde del mundo” –y ella apuntó en otro instante: ‘…Me cruza una pendiente/ me traza un precipicio/ en el amor…’- .

Nadie osaría negar que los ojos y la mirada de Hanni era uno de sus atributos físicos más llamativos. Su mirada, de hondo alcance, de una fuerza avasalladora y de un poder sobrenatural, la condujo al unísono a una profunda introspección, a un continuo cavilar en el vacío de su propio abismo para llegar a descifrarse.

Al despertar el año 2003, Manuel llamaría a casa para darme aviso de que Hanni había fallecido en la Casa de reposo, tranquila y mientras saboreaba galletas de mantequilla con sabor a Alemania, a su infancia, a su madre. Con pudor, pero llamada a ser sincera, digo ahora que sentí su muerte como la de un miembro de mi familia consanguínea, y lloré cuando su hermana Ingrid me abrazó y permanecimos agarradas de manos mientras estuvimos en el velatorio. Y también cogidas de las manos estuvimos la tarde en que como otro gesto de amor de Manuel por Hanni hizo posible que sus cenizas fueran esparcidas en los jardines de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela, “porque era el único sitio donde ella era feliz”, explicaría quedamente Manuel.

¿Qué significa para ti ser una de las patricias de Hanni?

Ser “una de las patricias de Hanni” ha sido un privilegio. Y antes de proseguir creo conveniente explicar de dónde surge esa idea o esa especie de categoría. Surgió de una manera espontánea entre Patricia van Dalen y yo, mientras nos fuimos percatando de lo similar que son nuestros sentimientos por Hanni, de la huella que ella dejó en ambas, de las coincidencias entre el lenguaje plástico con que Patricia v.D. honra su memoria y mi lenguaje escrito –Patricia G.-.

No puedo recordar el momento exacto en que comenzamos a asumirnos como tales y a firmar de esa manera los mensajes que nos intercambiábamos. Ha sido un privilegio, un goce, una alegría doble para mí porque a más de sentir el enorme afecto que siento por Hanni, siento un gran afecto y una profunda admiración por el trabajo artístico de Patricia van Dalen y me halaga saberme su amiga.

¿Sientes que su escritura ha influido la tuya de alguna manera?

Raquel, de una manera diría enigmática, pues apenas leí su primer libro tanto ella como sus poemas desencadenaron en mí una especie de mimetismo psíquico que me condujo a escribir versos con “sus” palabras. Su  ángel fue mi ángel. Y cuando me llegó la enfermedad y tuve que entrar a un quirófano, antes, recuerdo que presa del miedo me persigné y dije: “porque se cierre la herida del ángel”. Acababa yo de escribir mi segundo libro, Canto de oficio, cuya dedicatoria reza así: “A Hanni Ossott por haberme mostrado la herida del ángel”.

ScreenShot2015-05-27at11.53.20AM

En las obras completas de Hanni Ossott, editadas por Bid&co.editor, hay un texto crítico tuyo y una obra de Patricia Van Dalen en la portada. ¿Cómo surgió la idea de que ambas participaran en este libro?

Manuel Caballero, fue quien decidió confiarnos a ambas seleccionar, comentar e iluminar la obra de Hanni. Y así se lo sugirió a Bernardo Infante cuando se propuso publicar su obra. Imagino que Manuel nos eligió para tan maravillosa tarea por haber sido testigo de lo especial de la relación que cada una de nosotras sostuviese con Hanni.

La edición de las Obras completas de Hanni Ossott que nos reúne, ha pasado a convertirse para mí en una especie de libro de oro, en el que se asientan nuestros nombres en gesto de amor y admiración profunda por Hanni.  Soy la autora del prólogo y del epílogo y Patricia van Dalen de la imagen de la portada: un “Jardín de cayenas”, flores que Hanni adoraba.

Fue muy satisfactorio escuchar a Manuel decirme que los párrafos que tuve que escribir en la contraportada del libro, a manera de presentación de la edición, le parecían escritas por él. Escribí en la espalda de dicha edición, entre otras líneas, las siguientes: …”Aquí, entre estos Poemas selectos, se aviva el fuego aniquilador con el que Hanni Ossott (1946-2002) forja el silencio, el hueco, la iluminada cripta que alberga el indigente estar aquí, a lo largo de la noche descoyuntada y frágil que resguarda la ingrimitud del alma, temblorosa y sumergida en lo profundo, en lo más oscuro”.

En la portada de Poemas selectos nos salen al encuentro los Estallidos de Luz, de Patricia van Dalen, que emergen como la flor entera en que quiso devenir Hanni, brillando como cayena, o, tal y como declarara: “Creo que soy una trinitaria encendida/ una trinitaria fucsia/colgando sobre el muro”.

Espero que mis remembranzas de Hanni alcancen a transparentar las zonas ensombrecidas de su biografía, su vitalísima y apasionada manera de oficiar el diario vivir y en especial la poesía, la docencia y el amar. Sus poemas, que son un advenimiento, son igualmente evidencia contundente de que Hanni no abdicó ante ninguna idea de la literatura y de la vida ajena a la pasión.

Patricia Guzmán es poeta, docente y periodista venezolana. Dirigió dos extraordinarios cuerpos literarios “Bajo palabra” y “Verbigracia”. Profesora de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica. Su obra poética destaca dentro de la poesía venezolana contemporánea por su profundidad y misticismo, el cual bebe en la poesía mística clásica de la lengua, pensemos en San Juan de la Cruz, en Santa Teresa. Aunque también, por el sesgo femenino de sus versos, la hondura de su búsqueda, podríamos emparentarla con la poeta venezolana Enriqueta Arvelo Larriva o con Hanni Ossott, a quien está dedicado Canto de oficio. Desde su libro inicial De mí lo oscuro, ha ido tejiendo una voz particularísima en el que la fe es un pilar fundamental, pero también la enfermedad, el amor y la muerte. Sus versos se sumergen en el misterio del vivir, en la trascendencia del alma, más allá de la penuria cotidiana, más allá de nuestro efímero paso por la vida.