“Nací en medio de una enorme biblioteca”

Crédito: Ali Merino Crédito: Ali Merino

Entrevista a Edda Armas


Después de llevar la labor poética por tantos años, ¿qué te interesa actualmente de ella?

Ahondarla. Ejercitar la aguda atención. Tratar de acortar la distancia con mi verdad. Entrar más en contacto con el cazador que en una acecha para desnudar aún más el lenguaje y las metáforas en su ritmo interior. Deseo ocuparme, como lectora, de autores que son deuda postergada, y releer algunos que añoro en segunda vuelta. Y desde el asombro y el placer del compartir, dar continuidad a la experiencia de mis talleres de creación poética.

¿Por qué tienen sentido los talleres literarios?

Pienso que por el plus de la sinergia que establece la dinámica de grupo, combinado con  un cálido acierto que establece la relación particular y personalizada entre quien lo facilita y cada participante. El taller enclava el amor y el respeto por las palabras. Acelera sin duda alguna la construcción de vías para la adopción de una visión más amplia en el proceso dual de la contemplación y la reflexión, herramientas que creo básicas en el oficio del escritor.

El taller te enfrenta a la comprensión de los lenguajes y modos diversos de la creación literaria, abriendo canales de percepción en un tiempo condensado, al asumir la experimentación con infinidad de ejercicios posibles, individuales pero también grupales. La información fluye, “se coge dato” para la exploración posterior, acerca al participante a autores que tal vez desconocen, lo que permite atravesar en compañía pasajes de lecturas sugeridas, desencadenando más hallazgos acelerados que a cuenta propia. En conclusión, pienso que el taller es un sabio juntarse para caminar un trecho del oscuro bosque del mundo de las poéticas y las maquinarias de la escritura, revelando generosamente pócimas y secretos, a pesar de que sea cierta la sentencia: de que en poesía receta no hay.

Con respecto a los tuyos, ¿qué tipo de perfil buscas en los talleristas?

El perfil que me interesa es simple: que estén verdaderamente dispuestos a entregarse con canales abiertos y críticos al viaje que mi taller experimental ofrece.  Un viaje que busca afilar la capacidad para la escucha y la visión atenta, con lecturas comentadas, ejercicios de observación y de experimentación diseñados especialmente para disparar el proceso más personal de la escritura. Un viaje que fundamenta bases para la asunción del laborioso afán de revisión y poda de los poemas, así como para concebir, idear y proyectar la estructura ideal del libro que los contenga.  Mi taller busca disparar en cada participante su real necesidad de escribir, superando bloqueos y prejuicios en los temas que elige.

Algún autor que suela gustarle a la gran mayoría pero que a ti nunca te haya atraído. ¿Por qué?

Ricardo Arjona, al que una mayoría tiene por poeta, del que no puedo ni quiero ni despierta y menos dormida escuchar sus canciones, cuyas letras creo mera repetición unas de otras, plagadas de lugares comunes sin ningún aporte personal. Todo lo contrario, si pensamos en canta-autores que son poetas reales, entre quienes cuentan con especial aprecio para mí, Miguel Bose, Alejando Sanz, Joaquín Sabina, Benjamín Prado y Jorge Drexler, por nombrar cinco, entre los que más escucho con complicidad y placer.

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Alguna vez te escuché decir que escribías tus libros lentamente. Cuéntame de esto.

Cada libro conlleva su tiempo. Un tiempo de cocción interior y el que exige su escritura.  También, considero valioso e intrínseco al necesario tiempo de reposo  del manuscrito.  El enamorado carece de objetividad. Engavetarlo limpia la mirada, aleja y afila la tijera para la poda. Y es así que se produce el desapego como autor, requisito para enfrentar la dura tarea de revisión y poda de los textos. Entendiendo que el autor tendrá siempre la última palabra sobre el respirar final de cada texto, marca de agua de su sello personal.

Entre mis libros, el que creo me tomo más tiempo fue En bicicleta. Fueron textos escritos en prosa poética, los primeros en 1981. Complejo proceso de casi 20 años, desde el primer borrador hasta la última versión,  sumados los años de su reposo, hasta retomarlo intencionalmente decidida a participar del concurso de poesía (convocado desde la ciudad natal del poeta Ramos Sucre, mi querida Cumaná) para optar al “XIV Premio de la Bienal Literaria J.A. Ramos Sucre” a finales de 2002, atraída por su jurado internacional, tras renunciar al que fuera mi último cargo en la institucionalidad cultural venezolana.

¿Y las nubes?, ¿qué dicen las nubes?

Las nubes dicen algo de nosotros mismos. En mi caso, una manera del cómo querer andar, o  simplemente el deseo formulado: “Que las nubes arropen los ojos, pero no la alta vista que precisamos en los tiempos nublados.”  Desde niña, ellas me apasionan.  Y esto se me ha ido confirmando, al encontrar anotaciones sobre ellas en mis cuadernos de la escuela primaria, en agendas de diversos años, e incluso en postales guardadas, en las que ellas vienen como motivo gráfico.

Una en especial, encontrada en los archivos de mi padre, la que trae una pintura de la artista Fanny Brennan titulada Birthday, enviada desde Nueva York, fechada 17.07.1979, (año de mi primera vez en esa ciudad que tanto me fascina) en la que escribo: “La cinta roja anuda las nubes que somos nosotros sobrevolando la ciudad que en estos 6 días hemos andado muy deprisa, como si el suelo en vez de arenosa tierra fueran escaleras mecánicas”.  La verdad es que he coleccionado nubes en todas sus formas de manifestación: en fotografías tomadas por mí pero también por fotógrafos de arte, dibujos, ilustraciones, en libros, citas de escritores, e innumerables poemas marcados en mis tantos años de lectora.

¿Qué te frustra de la poesía?

 Cuando su manifestación es cursi, impersonal, hueca.

La tecnología ha cambiado nuestra forma de comunicarnos con quienes viven lejos, ¿también ha cambiado tu forma de leer, de escribir?

Definitivamente la tecnología nos coloca cerca de quienes están lejos. Amo esa certeza, y provecho le saco, cada día, cuando el internet en casa funciona. También uso las redes sociales como Twitter o WhasAp para mantenerme comunicada con mis hijas, familiares y amigos que viven fuera, y en el país. En el leer no, pues soy fanática lectora de libros. Requiero el objeto. Disfruto que mis ojos sobrevuelen sus líneas impresas sintiendo la textura del papel, la tipografía y el diseño de los mismos; así como detenerme donde quiero, memorizar el número de página o marcarla utilizando uno de los tantos curiosos marcalibros (de los que me han obsequiado o he adquirido en museos durante mis viajes) para retomarlo apenas pueda.

Me gusta llevar conmigo el libro que leo. Tenerlo, cerca y posible. Se puede entender que en pantalla leo lo menos posible; apenas textos breves, alguna información buscada, o los siempre fascinantes correos electrónicos. Pero, definitivamente sí  en cuanto a la escritura, ya que casi todo lo escribo directamente en la computadora. Algunas veces, el apunte lo hago a mano. Y esto es así, desde la escritura del conjunto de poemas que integran mi poemario Sable, a principio de los noventa. Escribiendo en el teclado de la computadora disfruto el siempre misterioso proceso de que las palabras fluyan desde la oscuridad de nuestra cabeza, bajando por los brazos y saliendo del cuerpo por la punta de los dedos, mientras vemos en pantalla como se arma un doc. Microsoft Word, los que salidos del disco duro de una, terminan codificados y guardados en el disco duro de la computadora, en mi caso una hp.

¿Por qué tu escritura manifiesta una tendencia hacia el formato breve?

Por convicción y deseo de condensación. ¿Será por mi asumida raíz de nube?

En algunos de tus libros aparece la figura del grillo. Es una figura poco común en la poesía venezolana. ¿Qué simboliza en tu obra?

El grillo se reveló para mí como un símbolo real de vida eterna y momentos de gran fulgor, para bien o para mal. Esto sucedió en el entierro de mi padre en 1990. De esa experiencia doliente nació el poema “Pepe grillo”. Enlazando luego con recuerdos de infancia, como el de una marioneta de madera italiana que justamente me regalara papá con la figura fascinante del personaje de Pepe grillo, en la historia de Pinocho, la que colgaba del techo arriba de mi cama, en la casa de los padres. Pero, el grillo, es el insecto verde que posado en el ataúd de mi padre se me aparece luego en aquellos días en que habrá alguna revelación o noticia de importancia.

Por tanto, para mí es un signo de augurio o celebración interior, una alegría codificada, y claramente pienso, que es él, mi padre, quien me la anuncia bajo la figura del grillo. El grillo entonces, asumido  poéticamente es un valor de lo inmortal y la libertad, en la vida diaria pero también en el pensamiento. Y así, brinca libre reiteradamente nombrado en mis poemarios “Toma lo simple por el tallo” y en “Dagas y otras flores”. Se asocia al grillo con esperanza, también lo creo. Para los chinos simboliza el espíritu de lucha; triple símbolo de la vida, la muerte y la resurrección. Investigada la simbología del grillo por internet, se me hizo aún más revelador, despertando en mí preguntas ancestrales.

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Provienes de una familia donde las artes ocupan un primer plano. ¿Qué influencia ha ejercido sobre tu obra el trabajo fotográfico y plástico que te ha rodeado desde hace años?

Marca honda. Nací en medio de una enorme biblioteca, como si ésta fuese el vientre de la ballena blanca con Pinochio dentro. Inmenso océano por navegar me parecían las paredes de papel que cubrían casi todas las de la casa. Libros de todo tipo, en todos los formatos: arte, literatura, geografía, botánica, atlas, fotografía, historia, catálogos, revistas y diarios nacionales, los que competían lugares con obras de pintores y dibujantes, esculturas y cerámica. Un padre escritor y coleccionista. Una madre dibujante y profesional de las artes del fuego. Una rutina familiar de rondas dominicales por museos y galerías, las que nunca quería perderme, y de visitas con mi padre a las imprentas a supervisar procesos gráficos. Sumo al recuento de las marcadoras experiencias tempranas, las horas de acompañar el trabajo de revelado fotográfico en el cuarto oscuro con mi hermano Ricardo. Marcas de tintas y revelaciones en quien, desde niña ama el placer que producen los libros y el arte todo. No hay soledad posible cuando los libros y el arte son parte activa de tu vida.

Has dedicado parte de tu escritura a investigar la obra de tu padre, ¿cómo te vinculas con su trabajo?

Una pregunta que valoro. Decir con temblor que la experiencia como hija, junto a mis seis hermanos y mi madre, de ser los primeros escuchas de sus narraciones a la hora larga de la sobremesa en casa, fue un privilegio sustancial. Cuando AAA bajaba de su estudio con páginas recién escritas –de las que ya habíamos escuchado su teclearse en la noble Olivetti– la adrenalina se disparaba en nuestro torrente sanguíneo, anticipando su manera de leerlo, con el tono seguro y recio de su voz leonina. El texto entre sus manos era la promesa de un tejido narrativo espiral (sin puntos ni comas) del más bello y particular uso del idioma español, aromatizado con las palabras-frutas de los primeros pobladores del país.

Papá decía que, con el hombre sencillo del campo y con el pescador, fue que aprendió los nombres de la flora y la fauna, de las faenas, de las cosas de uso, y todo aquello que desde el corazón del venezolano se dice. Y por cierto, que él nunca aceptó que a su narrativa se le acompañara de un glosario de venezolanismos. Tras su partida, hijos, esposa y amigos cercanos entre ellos Gerd Leufert, José Ramón Medina, Domingo Miliani, Alfredo Chacón y Jorge Horacio Becco creamos la Fundación con su nombre, la cual por años dirigí, a fin canalizar proyectos como la organización editorial de su Obra Completa,  promover y divulgar su legado literario contenido en 54 títulos (de narrativa, crónicas y libros sobre Venezuela) editados en vida y evaluar la factibilidad editorial de sus inéditos.

De mi trabajo con sus archivos por una década en la Fundación AAA, surgieron frutos propios como la  compilación de los ensayos críticos sobre su obra aparecidos en el volumen “AAA ante la crítica” en co-edición con Monte Ávila, y la escritura de relatos documentados sobre mi padre, los que publiqué en la Colección Periodismo y Memoria de Fundación Polar en 2005, bajo el título de “Alguna vez el corazón aprendió de la Rosa”. Más recientemente, colaboramos en la organización de la muestra fotográfica “El pan nuestro”, que dio a conocer al fotógrafo que también fue AAA, curada por mi hermano mayor el fotógrafo Ricardo Armas, residenciado en Nueva York, profesor de esa disciplina en el Pratt Institute of Brooklyn. AAA, es fuente eterna de recuerdos e inspiración.

¿En qué estás trabajando ahora?

En la escucha de los silencios, el aislamiento y el dolor con el oído interior.

Edda ARMAS (Caracas, 1955). Poeta,  psicóloga social y gestora cultural. Autora de 15 poemarios publicados, entre 1975 y 2012. Los más recientes: Sin negativo ni estaciones (Kalathos Editorial, 2012, epílogo por Ednodio Quintero), Corona mar(Bid & C.O, 2011, con prólogo de Rodolfo Häsler), Toma lo simple por el tallo (Papiros en Ed. Equinoccio, 2009, prologado por Eduardo Moga)Casa y Árcangel (Plaquettes Pen Press, New York, 2008), Dagas y otras flores/ Antología personal (Monte Ávila Editores, 2007, prólogo por Armando Rojas Guardia) y Armadura de piedra (Fondo Editorial Pequeña Venecia, 2005). Desde hace 10 años facilita talleres de creación poética, asesora y motoriza proyectos literarios independientes.