“Lo erótico flota siempre por encima de mi obra”

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Entrevista a León Felix Batista


¿Qué lugar le das a la sátira en tu escritura?

Sátira, exactamente, no sé si haya en mi escritura, salvo en cierta atmósfera lúdica que me fascina recrear, en la que me gusta nadar. Pero me distancio de lo burlesco y de las moralinas: no son terrenos donde camino fácil. Mucha ironía y algo de parodia, seguramente sí aparecen.

¿Y a lo erótico?

Lo erótico sí que ha sido medular en mi escritura, al grado de que escribí distribuida en 3 libros lo que considero una Erótica (como quien escribe una Metafísica o una Política). Esos libros fueron “Negro eterno” (1997), “Vicio” (1999) y “Burdel nirvana” (2001), editados posteriormente en Argentina (2006) en un solo tomo bajo el título de “Prosa del que está en la esfera”. Fue una etapa medular para mí, cerrada con esa publicación. Pero lo erótico flota siempre por encima de mi obra, como nata sobre el café con leche.

Cuéntame sobre tu diccionario–poemario, al cual titulaste Delirium Semen.

Ahí tienes la parodia extrema: tomar entradas de Diccionario, con sus correspondientes usos, acepciones, origen, etc., terminología exclusivamente erótica, ordenarlas alfabéticamente, pero presentar bajo el título textos densos y personalísimos, bajo un manto (o una sábana) erótico. Es un libro que me fascina, y al parecer también a mis lectores, que no se cansan de hablar de él (bueno, al fin coincidimos). Fue publicado en México por la fabulosa editorial Aldus en 2010. Allá lo presentaron Rocío Cerón y Héctor Hernández Montecinos, mientras que en Santo Domingo lo presentó Adolfo Castañón. Trae un prólogo de Hernán Bravo Varela. La edición está completamente agotada, y eso lastima. Ojalá se pudiera sacar otra edición.

Dime: bolero, balada y poesía.

El propósito de “Negro eterno” fue ese mismo: el trazado en la experiencia personal de la incidencia de las canciones populares vertida en poemas. No hay dudas de la posibilidad de recrear una línea vital de cada uno de nosotros montándola sobre las melodías y las letras que nos fueron moldeando. El nombre Negro Eterno le viene de una cápsula de tinte de pelo, negrísimo, muy de modo en mi niñez dominicana. Mi abuela se teñía las canas con esas pastillas. Lo cierto es que los desgraciados por amor descubrieron que el negro eterno era un veneno infalible, y abundaban las noticias de suicidios con canciones y negro eterno. Fue además el primer libro con el que me sentí cómodo, como que había encontrado (o estaba en vías de encontrar) mi propia voz poética.

¿Qué lecturas recuerdas que te hayan nutrido más como escritor?

A esta edad, ya he leído muchísimo (aunque sin duda siempre es menos de lo deseable). Hay autores que me han marcado por épocas, cortas o largas; pero por fortuna para nosotros los lectores el caudal de buenos escritores es inagotable. Recuerdo que he amado por épocas, y algunos para siempre, a Pessoa, a García Vega, a Beckett, a Herberto Helder, a José Kozer, a Clarice Lispector, a Paul Celan, a Lezama Lima, a René Char, a Perlongher, a Alberto Girri, a los poetas de el OULIPO, a David Huerta, a Octavio Armand, a Ashbery, a todo L=A=N=G=U=A=G=E, a Octavio Paz, a Francis Ponge, a Jorge Guillén, a Ramos Sucre, a Ekeloff, a Perec, Rilke, Cummings, Hughes, Sedar Senghor, Cesaire, Walcott, ¡uf!, no termino nunca… Y, claro, libros específicos que sería supernumerario enumerar.

¿Es verdad que escribes a mano y semidesnudo?

Pues, sí, y con tinta roja. Ya he cogido un par de neumonías por escribir sin ropa en invierno.

¿Ves como una “cárcel” el adaptarte a una tradición de poetas dominicanos?

Adaptarse no es opción ni alternativa. A veces este estado te desborda. Lo que sí es opción es tratar de romper con estéticas castrantes, limitantes o reductivas, como es el caso de la que corresponde a mi generación poética dominicana: la de los 80s, llena de camisas de fuerza retóricas. Yo sí me inscribo en una tradición poética dominicana más amplia, antigua y trascendente: aquella que va desde Vigil Díaz y Zacarías  Espinal, pasa por La Poesía Sorprendida  y Manuel del Cabral, y  llega hasta Cayo Claudio Espinal y Alexis Gómez Rosa, y desemboca en Neronessa.

¿Y a los neobarrocos (o neobarrosos)? ¿Por qué?

El caso del neobarroco es distinto: no te adhieres a él: te insertan arbitrariamente ahí, lo cual es mucho más peligroso, pero más elegante (en el sentido de que el llamado neobarroco cuenta con nombres impresionantes y por su traza internacional, luso y latinoamericana). Pero, a mí no me seducen las etiquetas de ningún tipo, aunque dejo a los críticos hacer. Me da lo mismo, me importa un bledo, me importa un pepino y me lo como en ensalada. La poesía pasa y sigue, rebasa esas limitantes. Léaseme a la luz con que a usted le dé la gana.

¿Qué buscas al desmitificar el concepto de “poeta”?

Busco acercar al poeta a nuestros tiempos. El poeta ha sido tradicionalmente el rapsoda de su atmósfera, así que sólo basta mirar en derredor de cada uno para hallar la realidad elevable hasta el poema. Nada de mesianismo ni de endiosamientos: el poeta es un hombre, la poeta una mujer, gente de carne y hueso, alguien corriente que crea objetos llamados poemas con el lenguaje. Además, una cosa es el poeta y otra cosa los poemas, éstos últimos libres de doblar el lomo o pagar impuestos, sublimes en su estar estético.

¿En qué consistió el “Atentado poético” que dirigiste en Nueva York, año 2003?

Aquello fue una tentativa de sutura de la herida, a dos años del derribo de las Torres Gemelas. Nueva York es la ciudad donde he vivido la mitad de mi vida, espacio natal de mis hijos y de mi poesía (escribí y publiqué mi primer libro viviendo en esa ciudad). El atentado poético era una acción tan simple como convocar a todo el mundo a dejar abandonado un libro en parques, paradas de buses, vagones de tren, restaurantes, etc,, para que fuese recobrado por hipotéticos lectores interesados. No imaginé en la convocatoria que mi atentado sería replicado en varias partes del mundo, siendo algo tan local, focalizado, en el dolor de una ciudad. Una iniciativa inútil, si se quiere, y hasta maniquea si a uno le apetece. Pero reactiva a un estallido vital, eso sí fue.

También te dedicas a impartir talleres. ¿Cómo afecta esto tu escritura?

Imparto talleres, pero ya no tanto, sobre todo a partir de mi vida de editor. Hace más de 10 años que estoy al frente de la Editora Nacional del Ministerio de Cultura dominicano. Ese oficio sí que es complicado para cualquier escritor. Tantas y tantas horas leyendo cosas que no te interesa leer sino por trabajo… eso es duro. Pero a la vez me gratifica bastante. Imagínate: trabajo hasta pulir un libro, llevar un manuscrito en bruto a diamante. ¿Qué más se puede pedir? Mantengo mi escritura lejos de mi oficio.

¿Qué es la EXcritura?

Excritura es lo que hago desde mi segundo libro, “Negro eterno”: escribir y excribir (es decir, borrar) mis libros, para escribirlos otra vez. Lo he hecho casi con todos, y aparecen ediciones en distintos países de los excritos que antes fueron escritos. La excritura más reciente es “El hedor de lo real en la nariz imaginaria” (Ruido Blanco, Quito), y creo que en ese libro me excedí. Está compuesto por excrituras parciales de otros 3 libros. Una locura que me excede.

¿En qué estás trabajando ahora?

Estoy enfrascado en traducciones y en varios libros propios a la vez (así escribo siempre), al menos 3. Publiqué “Música ósea” (Cascahuesos, Perú, 2014), y sin embargo he seguido escribiéndolo, no terminó con la edición.  El principal de estos libros en proceso –o al que más fe le profeso– es una especie de autobiografía poética motivada por mi llegada a los 50 años de edad, lo que ocurrirá el 30 de octubre de 2014.

50 es una cifra digamos que redonda y singular. No creí que viviría tanto, y ahora siento que estoy empezando a vivir. Ese milagro merece al menos un libro ¿no?

León Félix Batista (Santo Domingo, República Dominicana, 1964), ha publicado los libros de poesía El Oscuro Semejante (1989), Negro Eterno (1997), Vicio (1999), Burdel Nirvana (2001, Premio Nacional de Poesía “Casa de Teatro”), Mosaico Fluido (2006, Premio Nacional de Poesía “Emilio Prud’Homme”),  Pseudolibro (2008, Premio Nacional de Poesía “Universidad Central del Este, Se borra si es leído, poesía 1989-99 (2000); Crónico –segunda edición de Vicio– (Tsé-Tsé, BsAs, 2000), Prosa del que está en la esfera (Tsé-Tsé, BsAs, 2006, Universidad Autónoma de Santo Domingo, 2007), Inflamable (La Propia, Montevideo, 2009), Delirium semen (Aldus, México, 2010),  Caducidad (Amargord, Madrid, 2011),  Sin textos no hay paradiso (Gamar Editores, Colombia, 2012) y Música ósea (Cascahuesos, Perú, 2014).