“El primer gran duelo es aprender a nombrar”

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Entrevista a Valeria Meiller


En tu poesía siempre está presenta la familia. Hay personajes que son el padre, la madre, la abuela, los niños que son los hijos. Háblame de esto.

Cuando estaba empezando a escribir mi primer libro de poemas, la poeta argentina Marina Mariasch me envío una cita de Judith Butler a la que nunca dejo de volver. Dice así: “Creo que tenemos que distinguir “familia” de “parentesco”, pensando parentesco como ese grupo de personas de las que dependemos y que dependen de nosotros, una comunidad que participa de las mayores celebraciones y pérdidas de nuestras vidas. Creo que es un error restringir la idea de parentesco a la familia nuclear. Creo que todos necesitamos producir y sostener este tipo de comunidades. Demasiado peso emocional se deposita sobre la familia y la pareja, y encima estas instituciones deben abrirse a mundos más amplios. No es necesario estar unidos por la sangre o por el matrimonio para convertirse en esenciales unos para los otros. No solamente tenemos que imaginarnos más allá de estas maneras de relacionarnos sino también cómo podríamos vivir en ellas.”

No sé si sirva como una respuesta muy lineal a tu pregunta, pero me gusta pensar que la literatura crea formas de parentesco y de comunidad que van más allá de los lazos de la familia nuclear. La literatura despliega flujos afectivos y vínculos entre las personas que amplían aquellos, los enriquecen y los complejizan. Este es un tema que me obsesiona siempre al momento de escribir, y que creo me acompañará siempre. Me gusta pensar que la ficción ofrece posibilidades inesperadas, y sirve como campo para ensayar formas alternativas de la sociabilidad y del contacto. Tal vez por el tema de la familia asalte todo lo que escribo, y lo que esté por debajo de eso no sea otra cosa que mi deseo de pensar en la comunidad, o experimentar con formas inesperadas de concebirla.

Tu primer libro se llama El recreo y comienza con la sección Era primaria. ¿Cómo comenzó la escritura de este libro? ¿Fue un proyecto que pensaste en sí mismo o que se fue armando al reunir los poemas de una época específica?

El Recreo es, antes de ser el nombre de mi primer libro, el nombre del campo donde pasé gran parte de mi vida y, de alguna manera, el relato de esos poemas se armó sobre ese mapa. Mientras escribía, tenía todo el tiempo muy presente la disposición de ese lugar: aquí las casas, más allá el monte, el molino, la alameda por donde pasan los caballos, el laberinto de los caminos, las despensas, el taller de los varones, los frutales o la quinta. Mi deseo era que los poemas de cada sección del libro fueran armando un relato sobre la ocupación de ese espacio y hubo dos factores que determinaron que eso fuera así. El primero fue el consejo del poeta argentino Martín Rodriguez: era otoño y yo me iba el fin de semana al campo -en ese momento ya vivía y estudiaba en Buenos Aires- y él me sugirió que sacara fotos. “Ahí tiene que haber un libro”, me dijo y yo me quedé con mucha curiosidad. Me parecía una frase misteriosa, ¿qué quería decir “ahí” exactamente? Ese fin de semana salí a caminar y saqué muchas fotos -a los caballos, a los bebederos, a las enredaderas. No eran fotos del paisaje sino pequeños detalles, miniaturas que me dieron una percepción más plástica y diferente de lo que había allí.

Volví a Buenos Aires el lunes y empecé a escribir, sin saber muy bien qué hacía. A las pocas semanas, con algunos poemas ya escritos, volví al campo y encontré en la biblioteca un libro que se llamaba Historia del antiguo pago del Azul. Era un libro bastante extraño de un historiador azuleño -Azul es el nombre del partido en el que está El Recreo- en el que relevaba, a partir de ciertos documentos de la Campaña del Desierto, la ocupación de los Pagos del Azul y los primeros decretos del Plan de Fronteras. Los documentos eran maravillosos, y mirando lo que ya tenía escrito, fui tirando de la idea de armar un relato sobre una familia que llega a ocupar una parcela de la provincia después de La Campaña. Es un relato absolutamente ficticio, por supuesto, pero intenta armar una especie de cronología caprichosa -lo que no quiere decir que lo logre.

Otra de las partes que conforma este libro es Diario de un naturalista. ¿Esta basada en una experiencia propia? ¿Por qué decidiste tomar estos fragmentos de diario para cambiar su registro y acercarlo a la poesía?

En el contexto de lo que venía diciendo, “Diario de un naturalista” quiere funcionar como una mirada extraña que llega a relevar ese espacio con otras categorías, para explicarlo a partir del mundo que ya conoce, que es lo que siempre hacen los viajeros. Acá entró en juego mi gusto por los diarios de viaje, y esa forma fascinante del montaje que ponen a funcionar las analogías y que tan afín me parece a la extrañeza que producen las imágenes poéticas. Por otra parte, como se trata de un mundo un poco caótico, me parecía que el naturalista también podía oficiar de mirada ordenadora -imparcial, si es que eso pudiera aplicar a alguna mirada, o tal vez mejor sería decir distanciada- sobre los asuntos que tienen lugar en ese territorio.

He notado que sueles utilizar el verso largo. ¿Se te da naturalmente o es una búsqueda consciente?

El corte de verso es una de las cosas que más trabajo me da. Me gusta mucho la música de los poemas, y voy cortando donde me parece que tirando de la respiración aparece, por intuición, el corte. No estoy segura de que haya un procedimiento consciente ahí, pero tal vez sí piense que esa tendencia al verso largo tiene que ver con una búsqueda narrativa. Me gusta pensar en los poemas como una forma más del relato, o al menos cuando escribo tengo la ilusión de que en poesía también se puede contar una historia. De una manera tal vez menos ordenada que en los formatos estrictamente narrativos, pero que es posible. Por eso muchas veces los versos de mis poemas terminan en verbos, o cortan en lugares a primera vista extraños, para que haya que pasar inmediatamente al verso siguiente para completar el sentido. En mi poesía el verso no funciona como unidad aislada, creo que ni siquiera el poema lo hace, sino que arma una constelación que sólo tiene sentido como parte de la secuencia.

La infancia parece un tema fundamental a la hora de leer tu poesía; siempre tratado con sobriedad y asombro. ¿Qué hay en la infancia que te hace volver siempre a ella para reelaborarla?

Otra vez, la cita. Hay unos versos de la poeta norteamericana Mary Oliver que hace muchos años ya tradujimos con el poeta Martín Armada, y que siempre me sirvieron para pensar más o menos en la forma en que la infancia se me presentaba. El poema se llama “Lluvia”, y en uno de sus apartados dice así: “Esta mañana, las lilas de agua no son menos lindas, pienso,/ que las lilas de Monet./ Y ya no sé si quiero más ser útil, ser dócil, conducir/ a los niños fuera del campo hacia el texto/ de la civilidad, enseñarles que son (que no son) mejores/ que el pasto.” La primera vez que leí esos versos me impactaron y a fuerza de leerlos mucho se me grabaron en la memoria como a fuego. Había varias ideas que estaban en mí dispersas como nubes que se concentraban perfectamente ahí. Por un lado, el gran tema de la naturaleza versus la civilización -aunque sepa que plantearlo en esos términos es absolutamente bárbaro- y por otro, el pasaje al mundo del lenguaje, primero oral y después como palabra escrita. A mí me parece que el primer gran duelo es aprender a nombrar. Y después, que la educación de los niños es el momento más coercitivo de la vida humana: los niños no deciden ni siquiera qué comen, a qué hora, o si quieren o no irse dormir.

La infancia es un estadio de la vida completamente autoritario y represor, y no deja de maravillarme que en un momento así el trabajo con la imaginación -a través del juego y de la fantasía- pueda ser tan pero tan grande. Hay algo en la infancia que me parece cruel, misterioso, traumático si se quiere, pero también especialmente complejo y de una belleza que no se puede comparar con nada. No sé si creo en la inocencia de los niños, pero muchas veces me hago la pregunta de Oliver en ese poema: si el salto del campo al texto de la civilidad, nos vuelve de verdad, como se pregunta ella, mejores o no que el pasto, que el resto de las cosas.

Los poemas del libro La suma de los pasillos, pueden ser leídos como cuentos cortos. Hay un gran componente narrativo que lo lleva a uno de la mano y no lo suelta. ¿Cómo manejas la tensión que los articula?

En esa serie de poemas yo quería narrar el funcionamiento de un escenario muy concreto. Algo por lo demás viejo y súper trabajado, que es los hospitales como espacios de ocultamiento, los lugares donde la vida nueva -inútil- y la vida vieja -más inútil tal vez- se esconden de la vista de todos. En ese contexto en particular, pensando en el hospital como un lugar siempre extraño -en el sentido más literal de la palabra eerie-, tenía la ambición de contar ese rito de pasaje a la adultez que es, para todos, la muerte de los padres.

Justo ahora estás dando un taller de Mail Art en Buenos Aires: escritura creativa a partir de la literatura epistolar. Y justamente, en tu poesía, siempre hay correspondencia de una u otra forma entre varios personajes. ¿Qué te atrae del género epistolar?

La respuesta tal vez esté en una anécdota. Dentro de la rutina diaria de las mañanas de mi familia, existían dos rituales: pasar por el correo y por el diario de revistas. Uno y otro quedaban a exactamente una cuadra, sobre la misma vereda de la misma calle. Nuestra casilla era la casilla número 42 y estaba en un lugar un poco escondido de la oficina de correos. Nadie podía verte cuando estabas ahí, dabas vuelta la llave y te encontrabas con lo que había adentro. Era un momento de muchísima intimidad, de expectativa y, cuando la casilla estaba vacía, de decepción. Estoy segura que esas pequeñas escenas, repetidas y cotidianas, hicieron que fuera desarrollando una relación muy estrecha y emotiva con la correspondencia. Con el tiempo, a medida que crecía e iba pensando en el asunto, esas primeras sensaciones se fueron convirtiendo en reflexiones y búsquedas más concretas, que me llevaron a investigar, a leer, a querer pensar cuestiones más teóricas. Pero el principio es ese: parada, durante muchos años, frente a una caja de madera del tamaño de un libro grande, esperando para ver qué había adentro.

Además de poeta, eres traductora. ¿Qué hace que quieras traducir a un autor específico?

Para mí traducir es una forma de leer. Una forma desesperada, un poco romántica de la lectura. Me gusta mucho que en inglés aprender de memoria sea “to learn by heart”. Cuando un poema me gusta mucho, empiezo a sentir que quisiera aprenderlo de memoria. Pero una memoria que es más de la emoción que cerebral. A veces me queda flotando una idea, una imagen o un ritmo. Puede ser cualquier cosa. Y cuando eso sucede, como mi memoria en realidad es más bien frágil, lo traduzco como si esa fuera una forma del aprendizaje afectivo, de la apropiación amorosa.

¿Hay autores a los que vuelves con recurrencia?

Sí, hay autores que son como una familia elegida. Entre ellos, los que me viene ahora a la cabeza son los poetas argentinos Héctor Viel Temperley, Juan L. Ortiz, Arturo Carrera y Tamara Kamenszain. Y también otros, como Mary Oliver o Ted Hughes.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

Estoy trabajando en los últimos ajustes de un libro que saldrá, espero, muy pronto y que se llama El mes raro. También en un proyecto de cuentos, que avanza muy lentamente y cuyo archivo se titula Fin de temporada. Hay otro, más incipiente e inmanejable aún, pero que me da muchísima alegría, y ese proyecto de poemas se titula, por ahora, El libro de los caballitos.

Valeria Meiller (Argentina, 1985). Es Licenciada en Letras (UBA) y cursa el MFA in Creative Writing in Spanish (NYU). Es autora de El recreo (El fin de la noche, 2010), Prueba de Soledad en el Paisaje (en co-autoria, Mansalva, 2012) y El mes raro (Dakota, 2014 -en preparación). Es editora de la editorial argentina Dakota, y se desempeña como traductora, docente y crítica. Actualmente vive en Nueva York.