“La poesía toma el ADN de nuestra existencia psíquica”

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Entrevista a Luis Miguel Isava


Llevas simultáneamente las labores de docente, ensayista, crítico literario y traductor. ¿Cómo balanceas los distintos pesos de estos oficios?

La verdad es que todos estos oficios tienen un hilo conductor: el lenguaje y la reflexión que le es inherente. Leo para enseñar y enseño para leer (de Eliot aprendí que la mejor manera de estudiar a un autor o un problema es ofrecer “un curso” sobre ese autor, ese problema); dando una clase se me ocurren cosas sobre las que luego escribo y a veces expongo en clases cosas que he escrito antes; traduzco para enseñar y para escribir (la verdad es que muchas veces traduzco por el puro placer de sumergirme en el laberinto de las lenguas) y a veces al escribir estoy, sin saberlo siempre, traduciendo (algo o a alguien). Paso frecuentemente de una actividad a otra: mientras preparo una clase me enrumbo en traducir un texto, mientras traduzco un texto se me ocurre un posible curso o algún escrito (poema o ensayo), mientras leo algo hago asociaciones con otras lecturas y otras lenguas… Y para mí todo esto tiene el valor, el peso del pensar. En realidad (aunque no siempre estuve consciente de ello) me he dado cuenta de que todo pensar implica, ineludiblemente, un impulso pedagógico. Sólo en la medida en que lo que pensamos/escribimos puede hacerse transmisible, esto es, visible, perceptible para el otro –sin disminuir, claro está, su complejidad–, adquiere verdadero sentido.

Como docente, ¿qué noción tienes de tu labor? ¿Puede el profesor universitario hacer de la clase un acto creador?

Como dije antes, creo que al pensar –y quizá deba decir en este punto que para mí de lo que se trata, con el arte, con la música, con la literatura, con el cine, etc., es de pensar– le es inherente un componente pedagógico. Pensar es hacer posibles/visibles formas nuevas, alternativas, complejas de experiencia y esas formas sólo podrán experienciarse –me gusta esta palabra inventada por necesaria– si se enseñan, si se patentizan, si se muestran como alternativas a nuestra sensibilidad educada en el acervo de experiencias aceptadas, convencionalizadas. Aprendemos entonces (los alumnos y los profesores) a ver las cosas de otra manera e incluso a ver más cosas. Creo que en este sentido, enseñar es efectivamente e indudablemente un acto creador.

¿Hoy en día, aún es posible desde las aulas fomentar un pensamiento genuinamente crítico ante una situación social hostil?

Quizá podría pensarse que la situación social hostil nos obliga a pensar aún más críticamente; impone una urgencia a la labor docente –particularmente en el campo de las humanidades– que ya no puede contentarse simplemente con una apreciación de la tradición, con una atención concentrada en los elementos de una estética heredada o nueva. El individuo educado en percibir los detalles de un enunciado, los matices de un texto, las implicaciones de sus complejidades discursivas, se convierte necesariamente en un ciudadano puesto que su actividad de lectura lo capacita para ejercitar una forma fundamental de política –en el sentido etimológico del término. (Y esto a pesar de que algunos académicos se empeñan en mostrarnos, para nuestro desmayo, que la mala fe siempre puede desintegrar esa capacidad.) Si se enseña a leer con cuidado los textos –a ser filólogos en el sentido que daba Nietzsche al término: “maestros de la lectura lenta”–, ¿cómo se puede no ser crítico al leer la situación social y política –ese otro texto abigarrado y complejo, a su vez integrado por una summa de textos?

Has llevado a cabo residencias como investigador en el extranjero. ¿En qué modo enriquece la investigación el haber sido llevada a cabo en un contexto distinto?

En mi caso, ha servido sobre todo para entrar en contacto con otras culturas y otras lenguas, otras maneras de percibir el mundo y de decirlo. Fatalmente (¿desgraciadamente?) la globalización ha hecho menos “extrañante” la experiencia y a veces uno se encuentra con que las formas (¿las modas?) de estudiar la literatura latinoamericana, por ejemplo, se parecen mucho en algunas partes de Europa y en USA; parten de una mirada politizada, en el sentido más pedestre de la palabra, y muchas veces adoptan una perspectiva que se quiere redentora y clarividente de nuestras difíciles realidades sociales y políticas. Quizá por eso, mis contactos en el exterior han sido más fructíferos con profesores de otros campos de la literatura y con filósofos.

En tu parecer, ¿en qué consiste la labor del ensayista?

Tengo que confesar que ya no me siento (si es que alguna vez me sentí) ensayista o que en todo caso no hago la diferencia entre el ensayo y el trabajo académico. Aveces he sentido, de parte de los ensayistas, una tendencia a criticar –incluso a denostar– el trabajo académico como “pesado”, “pedante”, “jergoso”, “inimaginativo”… Y hay sin duda mucho de eso en ese mercado particular que se llama la academia. Pero no creo que haya que tirar todo por la borda, debido a esa influencia del mercado. En el ámbito académico se han abierto y se abren constantemente puertas a formas nuevas y alternativas de pensar y experienciar que han transformado de manera radical el mundo en que vivimos, el mundo que vemos y los ordenamientos que le asignamos. Y es precisamente en eso en lo que consiste la labor del ensayista/académico: pensar y repensar el mundo que nos ha tocado vivir: sus formas de convivencia, sus concepciones de la existencia, sus producciones culturales, sus maneras de decir y entender, y las formas en que se dinamizan, se renuevan, se alternativizan todas esas esferas.

Has dedicado una parte significativa de tus ensayos y estudios al fenómeno poético. ¿Qué se necesita para ello?, ¿qué es lo que distingue el estudio de la poesía del estudio de otras áreas de la literatura u otras artes?

Creo que la poesía (claro está, no toda la poesía) tiene un grado de tensión verbal (Deleuze y Guattari lo llaman “un alto coeficiente de desterritorialización”) que no siempre se encuentra en otras manifestaciones verbales. Esa tensión verbal es lo que lleva al lenguaje a enunciar otras experiencias –“menos objetivas”, diría nuestro Juan Sánchez Peláez– que reacomodan, reaniman, rearman, recomponen el mundo. Sin duda ciertos tipos de prosa también proceden de esta manera y en este sentido proponen también formas de repensar el mundo. Y desde luego, el arte en general lo hace también, aunque no (necesariamente) con el lenguaje. Lo que para mí resulta interesante de la poesía es que toma –permíteme la metáfora– el ADN de nuestra existencia psíquica, social y cultural y lo transforma, gracias a nuevas combinaciones, para “hacer más amplio el campo de lo posible” –para decirlo con esa frase de Píndaro que atesoraban tanto Camus como Valéry.

Mucha gente hace énfasis en cómo dar clases coarta su actividad creadora. ¿Esto te ha sucedido?

Como dije antes, para mí la creatividad puede estar precisamente en enseñar (y aprender enseñando) a (re)pensar el mundo a través de sus palabras, de sus objetos, de sus artefactos y de la manera como se hilvanan, se entretejen en las redes de una cultura. No quisiera tener que jerarquizar, en cuanto a la creatividad, las actividades de enseñar y escribir. Creo que habría que ver en cada caso qué resulta más creativo, más original, más complejo. En algunos casos, ganará el poema, el texto, sin duda; en otros ¿por qué no? una que otra clase… En mi caso, puedo decir que se establecen unos verdaderos vasos comunicantes entre la labor de enseñar y el oficio de escribir.

¿Para qué traducir?

Traducir es permitirse ver la complejidad del mundo desde las distintas formas de nombrarlo, una forma de multiplicarlo y de poblarlo, de ver cómo se extienden sus perfiles, cómo se alargan sus sombras, cómo se hace pensamiento nuevo y mirada inédita por manifestación de las palabras “otras”, allí donde lo que había era la supuesta certeza de las palabras sabidas. ¿Para qué hacerlo? Precisamente para enriquecer el espacio que ocupamos, para ensanchar los límites de lo decible, de lo pensable y cumplir así lo que, en traducción, Szymborska llama: “el milagro adicional”: “se puede pensar lo impensable”.

¿Qué dificultades entraña la traducción de poesía?

Muchas y muy diversas. Como dije antes, la poesía lleva (de nuevo hay que precisar, en algunos casos) el lenguaje a su límite de comunicabilidad y por ello no basta saber una lengua para entender la poesía escrita en esa lengua. En la poesía el lenguaje se convierte en un instrumento delicado y complejo que hay que aprender a entender, más allá del entendimiento (comunicativo) que nos ofrece el conocimiento, incluso materno, de la lengua. Alguien dijo que el Ulysses de Joyce estaba escrito en una lengua a la que se accedía por el inglés. Creo que la afirmación puede aplicarse a la poesía (al menos la que me resulta estimulante): los poemas “hablan” en una lengua a la que se accede por la lengua en la que escribió en principio el autor, pero que requiere de un “oído” atento, minucioso para poder ser entendida –y esto, claro está, tiene mucho que ver, tanto con la sonoridad como con su carácter escrito.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

Ahora estoy trabajando en un libro sobre la experiencia y la forma en que los artefactos culturales (el arte, el cine, la literatura, la danza, la música) la reformulan, la reconfiguran. Es un proyecto ambicioso, así que va avanzando lentamente. También estoy preparando unos textos que proponen una lectura alternativa (yo la llamo, no hermenéutica, no interpretativa) de la poesía de Lezama.

Luis Miguel Isava es Ph.D. en Literatura Comparada (Emory University, Atlanta, USA) y profesor titular del Departamento de Lengua y Literatura de la USB. Sus áreas de especialización son poesía y poéticas contemporáneas, relaciones entre literatura y filosofía, teoría, estética y estudios de cine. Ha escrito un libro sobre la poesía de Rafael Cadenas (Voz de amante. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1990); ha traducido parte de la obra de Saint-John Perse (Canto para un equinoccio. 2da edición. Caracas: Monte Ávila, 1998) y publicó un libro sobre teoría poética:Wittgenstein, Kraus, and Valéry. A Paradigm for Poetic Rhyme and Reason(New York: Peter Lang, 2002). Ha publicado además artículos sobre teoría literaria, estética, cine, artes visuales y poesía en diversas revistas nacionales e internacionales. En la actualidad lleva a cabo una investigación sobre la poesía de José Lezama Lima y prepara un libro sobre concepciones alternativas de la experiencia a través de formas artísticas.