“Lo predador está en lo que me reconcilia con lo terrible”

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Entrevista a Jacqueline Goldberg


Posees una obra poética consistente y amplia. ¿Dónde comienza tu relación con la poesía?

Se inició con lecturas adolescentes muy básicas y que pudieron haberme hecho daño: Pablo Neruda y Rubén Darío. Luego en bachillerato descubrí a Vicente Gerbasi y por fortuna muy poco después a Paul Celan. A los 10 años había comenzado a escribir brevísimos cuentos que se negaban a ser poesía. Pero a partir de los 15, hace casi 32 años, definitivamente me sumergí en la poesía y de ella emigro para coquetear con otros géneros en los que, de todas maneras, la poesía nunca deja de orientar el lenguaje.

Tu poesía está principalmente formada de poemas parcos, sea en su extensión o en su tono. ¿Esto es algo que buscas o que se da naturalmente?

Es lo único que puedo hacer. Tengo algunos textos de largo aliento, de una poesía narrativa, cuentos, ensayos, reportajes. Pero como bien dices, el tono que prevalece es parco. Me interesa la frase exacta, deslastrada de proezas: sin gramática, como dijo Marguerite Duras.

Tu poesía está atravesada por una experiencia de lo corporal como un campo de batalla. Se trata de algo más bien particular en el contexto de la literatura venezolana. ¿Dónde tiene su origen?

Mi vida toda está atravesada por el cuerpo y no como pose intelectual. Comencé a temblar a los cuatro años y desde entonces no he dejado de hacerlo. Las razones científicas son pocas y no hay medicamentos que mitiguen el sismo de mis manos. Mis horas concientes desembocan en el cuerpo, en mis temblores, en aquello que el cuerpo impide u obliga. Era lógico que el tema pasara a la poesía, con los años deslizada en la conciencia de otros vericuetos como el sexo, la maternidad, la ciudad, la materialidad de la palabra a la que raras veces accedo escribiendo a mano, precisamente porque tiemblo.

La poesía venezolana, sobre todo la escrita por mujeres, ha hecho del cuerpo un código. Pero en mi caso, si bien hay influencias de la tradición con la que me corresponde dialogar, se trata de un sin remedio.

¿Cómo se vive el verbo predador?

El verbo está al asecho perennemente. A veces se encueva, otras persigue, recapitula huellas. Lo predador está en lo que me reconcilia con lo terrible y me enseña a persistir sin pudores, máscaras, resentimientos. El verbo se mantiene a raya. Tenemos un pacto de no agresión. Juntos somos predadores de vocablos sin tiempo.

Uno de tus proyectos de escritura consistió en tomar fragmentos de testimonios de supervivientes del Holocausto para ponerlos en verso. ¿Cómo fue la construcción de este mosaico de voces? ¿Cómo afectó a la tuya el tener que asimilarlas?

Hace mucho que trabajo lo que se denomina “poesía documental”. Y también hace mucho que vivo del periodismo. Las voces ajenas se me hacen cercanas y a veces propias. Me gusta el trabajo de modelarlas sin traición. Ese libro. “Nosotros los salvados” (https://www.smashwords.com/books/view/308471) salió simplemente tomando fragmentos de los testimonios del libro “Exilio a la vida”, también de mi autoría. Hallé frases bellamente terribles dentro de párrafos históricos y las fui colocando aparte, simplemente asombrada ante la manera de decir de los testimoniantes. Luego fueron tantas que exigieron ser libro.

Cuéntame un poco sobre la novela que ganó el año pasado el Concurso Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana.

Está por entrar en imprenta en las próximas horas. Es un libro esencialmente transgenérico: es una novela en tono de verso, que parte de acontecimientos históricos y que se apoya en una exhaustiva investigación sobre la Villa Savoye, también conocida como “Las horas claras”, título al libro. Lo demás lo dirá algún lector en breve y en secreto los muchos editores que lo rechazaron por no entender las pisadas del siglo XXI.

¿Cómo se dio el proceso de escritura de Las Horas Claras, acompañada de una investigación sobre la Villa Savoye?

El libro se gestó exactamente en octubre del año 2004. Mi esposo, arquitecto, hizo la correspondiente peregrinación a la Villa Savoye. Estuvo ocho horas dibujando, tomando fotos. Recorrí la casa, me recosté en un chaise longue de Le Corbusier, leí, dormí una siesta. Y ya dando vueltas aburridas volví a una pequeña exposición donde había una carta de Madame Savoye dirigida al arquitecto en la que especificaba cómo anhelaba su casa. Y supe que allí había una historia. Apenas regresé comencé a investigar y viendo que muy poco encontraba, escribí a la Fundación Le Corbusier en París. Al día siguiente estaban en mi buzón de correo electrónico casi una docena de cartas manuscritas por la señora Savoye dirigidas a Le Corbusier. Y supe que debía escribir esa historia. Luego me tomó unos tres años la investigación sobre la casa, los personajes, la época. La escritura quizá me llevó un año, luego vendrían dos años más de corrección, pulitura, envío a editoriales, más pulitura y el Premio.

¿Por qué decidiste tomar estos hechos históricos y transformarlos en Las Horas Claras?

Por que había allí una catástrofe que me pedía hurgar en las mías.  Había una mujer misteriosa, un arquitecto célebre e imperfecto, una época compleja, París. Todos hemos deseado inventar una casa. Todos hemos padecido o tememos padecer el derrumbe de una casa. Quizá solo puedo narrar a partir de la realidad, favor o desgracia que me otorga el trabajo periodístico.

¿Cómo se dio la construcción de estos personajes?

Es cierto lo que dicen todos o casi todos los escritores: los personajes van pidiendo una voz, un rostro, una vestimenta. El escritor solo los escucha. Esta respuesta es tramposa, pero no puedo detallar lo complejo que es el proceso creativo, sobre todo porque hay personajes reales que sumergí en la ficción.

¿Qué opinas de la llamada “prosa poética”? ¿La ves como un género en si mismo o crees que toda prosa debería tener una dosis importante de poesía?

La prosa poética es una de la muchas manera de lleva la poesíaal espacio de la computadora y/o el papel. Solo eso. La novela es otra cosa, es narrativa, es una historia contada, una atmósfera. Me interesan sobre todo narradores con textos que asomen poesía, con pulcritud en el lenguaje.

¿Cómo viviste la escritura de esta historia que le da tanta importancia a la casa, al espacio propio, de creación y existencia, y que narras desde una sociedad que esta perdiendo sus lugares simbólicos?

La escritura de Las horas claras ocurrió en medio de una permanente sensación de vértigo, con punzadas en el estómago que me obligaban a detenerme, beber agua y volver. No hay metáfora alguna en la novela relacionada con el país, al menos no con el que teníamos cuando la escribí. La lectura y el momento actual ofrecen otros espejos. Es un proceso normal, los libros se leen mientras se leen y se relacionan con el tiempo narrativo a la vez que con las circunstancias que nos rodean. No está en mis manos la mirada del lector. La Villa Savoye, de alguna manera, tuvo un final feliz: se recuperó, podemos visitarla. Lo que hoy estamos viviendo en Venezuela son grietas y goteras que ahogan y quizá exigirán un derrumbe definitivo para que luego se emprenda una reconstrucción con los planos originales y propuestas adecuadas al presente por venir.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

Una amiga sefardí muy supersticiosa me enseñó a no hablar de mis proyectos. Ella es sabia y le hago caso. Pero hay proyectos, ya es mucho decir en tan oscuros días.

Jacqueline Goldberg nació en Maracaibo, Venezuela, en 1966. Doctora en Ciencias Sociales y Licenciada en Letras. Desde comienzos de los años noventa su trabajo discurre entre la literatura y el periodismo. Es autora de una vasta obra que incluye poesía, ensayo, literatura infantil, reportaje y género testimonial. Ha laborado en diversas revistas gastronómicas y generales y ha redactado folletos, anuncios publicitarios y materiales de muy diferente orden. Ha obtenido importantes reconocimientos en varios géneros. Su trabajo poético aparece incluido y reseñado en antologías en Rumania, Corea, España, Puerto Rico, Argentina, Perú, Chile, Estados Unidos, México, Cuba y Venezuela.