“Escribir no es menos visceral que bailar”

Ania2

Entrevista a Ania Varez


Tu formación académica inicial fue en Estudios Internacionales y de hecho fuiste premiada en ese ámbito. ¿Cómo tendiste el puente hacia la poesía?

En realidad, ocurrió al revés. Cuando ingresé a la Escuela de Estudios Internacionales ya tenía un breve tiempo escribiendo poesía (o algo que aquel momento no me atrevía a denominar de forma específica) y experimentando con el uso de la palabra en dibujo y pintura, que fue, en realidad, como empecé a hacerlo. Una vez empezada la carrera, durante el primer año de la misma, me involucré con el grupo de investigación de la escuela, un colectivo llamado GIGEI, por recomendación de un profesor. La actividad de este grupo consistía en que cada miembro – todos estudiantes cursando distintos años de la licenciatura- realizara una investigación sobre algún tema relevante en el ámbito de las relaciones internacionales y escribiera un ensayo, que luego sería publicado en la página web del grupo o enviado a distintos concursos de ensayo en el país. Fue así como mi ensayo llegó al concurso del Banco Central.  En el marco de este grupo se formó además mi interés por el trabajo ensayístico.

La poesía estuvo allí todo el tiempo, de forma paralela y en lo que me concierne, predominante. La vinculación entre ambas formas de escritura, una evidentemente técnica y otra creativa, si es que tal cosa llegó a formarse, se concentró en el hacer con la palabra, en mi entender el proceso de la escritura: ese tallar textos meticulosamente, al mismo tiempo que verlos desenvolverse.

No es la línea ni el segundo es un libro de un estilo decantado, incluso contenido. ¿Qué te hace escoger el poema corto en contraposición a textos de largo aliento?

Antes y durante la escritura de No es la línea ni el segundo atravesé un proceso muy intenso de experimentación con distintas formas de las artes plásticas, específicamente el dibujo, la pintura y el arte de la performance. Creo que por esta razón, en aquella época el concepto de La Imagen como cosa única, abstracta, me resultaba esencial, y todo lo que mi mente componía se basaba en esa estructura unicelular de La Imagen. En este sentido, la escritura se inició en mi vida como un fenómeno visual. Me permito la siguiente asociación, que puede parecer un poco generalizadora, porque creo que ilustra mi forma de entender las cosas en aquel momento: un poema breve es como una fotografía, mientras que uno de largo aliento se asemeja a una película. Un poema breve es uno que se quedó en los huesos. No se le dio la oportunidad de crear piel, colores en el iris, rasgos; que al fin y al cabo no son más que detalles sostenidos en la concavidad del esqueleto. Es la línea más simple del árbol, la vertical, sin sus ramas ni raíces.  En el poema extenso caben todos esos detalles, se abren nuevas ventanas y se permite al árbol esparcirse con ramas y hojas en todas las direcciones. Al leer los ojos deben moverse en la página, moverse de idea, moverse de su sitio para ir encontrando esta serie de imágenes que en conjunto forman la gran imagen, la misma que encontramos en el poema breve despojada de detalles y niveles, vuelta esfera. Yo necesitaba este ver las cosas de un solo golpe, sin más vueltas, quizás en parte porque mis lecturas consistían principalmente en poesía breve, o porque en todo caso no me creía capaz de sostener un mayor número de palabras en la página. Lo que es seguro es que la labor de corrección de los textos transformaba, invariablemente, mis bosquejos en poemas brevísimos. Me interesaba el valor de las palabras como universos únicos que resuenan con todo su peso, sin opacarse entre sí, en la página casi vacía.

¿La intimidad cabe en pocas palabras?

Yo entiendo la intimidad como el espacio desde el cual es posible atender a lo vital de una fuerza, a un núcleo que en cualquier otra circunstancia permanecería oculto. Creo que la conciencia de la intimidad siempre inicia con la intromisión del afuera, de aquello que es externo a uno mismo. La intimidad no puede construirse dentro de uno mismo, ya sea en el cuerpo o en la palabra, sin la existencia y el llamado del otro, de modo que cuando ocurre, es porque algo despierta y se mueve, algo respira ante el afuera que debe escucharse. La intimidad no cabe en pocas palabras, pero tampoco estoy segura de que quepa en alguna otra extensión. Como el dolor o las ganas, se escribe precisamente porque desborda los límites del lugar donde se originó. Quizás la intimidad es una realidad con demasiados rostros y me gusta pensar que a veces logro avistarla con tres, cien o cuatrocientas palabras del tamaño justo.

¿Qué de ti va hacia la danza y qué hacia la poesía?

Cuando empecé a escribir, lo hice con la certeza única de que algunas cosas tienen que decirse. No dibujarse, no reflejarse en los gestos. Deben ser palabra. ¿Cuándo se hace necesaria la palabra? No lo podría explicar, aunque me ocurra y por eso escriba.

Lo esbozaré de esta forma: en la danza, lo expresado tiene vida en el mismo instante del movimiento. Tiene pulso y este se mantiene contenido en el cuerpo que se mueve. No hay intención de capturarlo, sino por el contrario se le abre una puerta para que confluya con todo lo que el cuerpo, por naturaleza, guarda. Vivo con la creencia de que nuestros cuerpos guardan un registro de todo lo que nos ha ocurrido, y sin embargo, este contenedor cambia todos los días, quizás precisamente porque es el lugar que atraviesan todas nuestras realidades, palpables o no. En ese sentido, el cuerpo es como un animal con instintos propios. Por eso en la danza ocurre una exposición del ser, muy distinta a la de la escritura, casi cercana al ridículo.

En la escritura, por otro lado, la captura de eso que necesita expresarse es primordial. Es como si pudiese arrancarle a ese núcleo latiente una hebra y palparla, mirarla con detenimiento y sin el peligro de la inmediatez. Cuando algo se escribe, se salva. Es como recolectar lo que el mar lanza a la orilla, y saber que cada trozo tiene una vida propia y un origen mucho más complejo e inmenso que sus propios límites. Creo además que en ese proceso de “traducción” (cuando algo se descifra y decanta en palabras) hay una labor de selección y en cierto grado, de modificación. No digo que se tergiverse la realidad de lo que se escribe, solo creo que ocurre un proceso de tallado del contenido – y no únicamente la forma – mucho mayor.

En la danza el contenido no puede tallarse. Al fin y al cabo, lo que se pone frente a la mirada no es un libro (un objeto), sino al sujeto enteramente, así que lo que se contiene allí, sea cual sea la obra o la intención del artista, es todo lo que se ha heredado, todo lo aprendido y todo lo que ha configurado ese “yo” que danza.  Lo único que puede esculpirse – limitadamente- es el cuerpo. He allí la verdadera razón de las técnicas, el entrenamiento y la conciencia más amplia y despierta de lo físico del ser, para volver al cuerpo cada vez más dotado de “herramientas”, más apto para decir.

Personalmente, ambas están en el mismo nivel de importancia y las necesito con la misma urgencia. Y aunque a veces parezcan fuerzas contradictorias, escribir no es menos visceral que bailar y bailar no es menos intelectual que escribir. Soy la misma persona mirando el mismo paisaje desde lugares completamente distintos.

¿Cómo te situarías ante una afirmación como esta: la danza es para el cuerpo un lenguaje como es la poesía para el idioma?

Creo que estoy de acuerdo con ella, aunque nunca he considerado la danza como un lenguaje. En todo caso, es una confluencia de lenguajes y se forma en la construcción y deconstrucción de estructuras establecidas en el cuerpo. Creo, sin embargo, que la liviandad de sus límites la vuelven casi demasiado etérea como para ser reconocida como un código particular, pero por supuesto esto se sostiene en las bases de lo que cada quien considere como “danza”, y no voy a entrar en ese terreno ahora. De la poesía siempre pensé que era una forma de vaciarle el rostro a las palabras. Dices agua en un poema y allí puede ser posible, de alguna forma, que se llenen esas cuatro letras de potrillos alborotados o huracanes, y no necesariamente de vasos sobre la mesita de noche, ríos o nubes grises. Si en algo se parecen la danza y la poesía reside en esa capacidad de crear o revelar nuevos colores de lo que está ya aparentemente completo. En ambas se crean continuaciones de la realidad.

¿En qué estás trabajando ahora?

Ahora estoy trabajando en poemas sueltos y en algunos conjuntos pequeños, ninguno lo suficientemente extenso –al menos, por el momento – para construir un libro. Estoy también empezando una serie de lecturas sobre algunos temas relacionados con la danza, específicamente investigo la improvisación en la danza, la técnica Gaga –una técnica basada en el uso de la palabra como detonante del movimiento- y una aproximación al cuerpo que se ha denominado “trabajo somático”,  porque me interesa escribir una serie de ensayos al respecto.

Ania Varez (Caracas, 1991). Bailarina y poeta. Cursó la carrera de Estudios Internacionales en la Universidad Central de Venezuela. Miembro del taller de poesía El Ojo Errante, dictado por Edda Armas; participó también en el taller de poesía de Gabriela Kizer. Su primer poemario, No es la línea ni el segundo, fue publicado en el año 2012 por la Editorial bid&co, formando parte de la Colección Voces Iniciales. Actualmente cursa en Inglaterra la licenciatura en Danza Contemporánea en la London Contemporary Dance School, y reside temporalmente en Copenhagen, estudiando en la Statens Scenekunstskole.