“Utilizo la narrativa y la poesía porque conozco sus reglas”

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Entrevista a Victor Alarcón


Ganaste el Premio de Cuentos Oswaldo Trejo con el libro Y nos pegamos la fiesta. Sin embargo, tu primer libro, que también fue premiado, es un libro de poesía Mi padre y otros recuerdos. ¿Desde siempre has sentido la necesidad de escribir en ambos registros?

Sí. Más aún, me acerqué primero a la narrativa que a la poesía. De hecho, entré en el Taller de Poesía de Miguel Marcotrigiano tratando de entender cómo se leía ese género. Creo que el hecho de que haya escrito primero una compilación de poemas que un libro de cuentos se debe a la aguda labor pedagógica del coordinador de ese taller.

¿Jerarquizas entre los géneros?, ¿hay alguno que te parezca más importante o más valioso?

No jerarquizo, tampoco considero que ningún género carezca de importancia. Los géneros son simples modos para dirigirse a un público. Dependiendo del efecto que quieras causar en el lector utilizas uno u otro. A veces la materia de escritura se impone en la selección, otras la intención del autor. En cierta medida son estrategias de canalización que están presentes en el campo literario antes de que tú llegues. Los géneros nacen, tienen un momento de plenitud (la novela hoy en día, por ejemplo) y luego irremediablemente mueren, como pasa con las lenguas y con todo lo vivo. Quizás se transforman, como creo que ocurrió con la poesía después de Baudelaire. Pero en muchos casos esta transformación parece significar la muerte por los cambios drásticos que se dan.

En todo caso y volviendo a la pregunta, para mí los géneros son vías de comunicación presentes. Utilizo la narrativa y la poesía porque conozco sus reglas y me siento cómodo cuando me dispongo a escribir ajustándome a ellas. No hay un buen género o mal género, del mismo modo que no hay malos o buenos usos de la lengua; el uso depende de la circunstancia, lo mismo pasa con la narrativa o la poesía.

Se ha señalado la influencia de Gerbasi en tu primer libro. Sin embargo, esa influencia parece ser más “temática” que estilística, ¿De quién te consideras heredero en el estilo, en la manera de escribir?

Pues en realidad creo que la influencia es tanto temática como estilística. Me explico. El tema del padre estaba muy trabajado en la poesía venezolana y, en este sentido, considerar que la herencia solo va por ese plano no sería justo. Por otro lado, Gerbasi utiliza muchísimo el recurso del símbolo y creaba unas imágenes sorprendentes que yo trataba de emular porque en esos años estaba obsesionado con estos recursos; siempre recuerdo su definición del hombre: “Un relámpago extasiado entre dos noches”. También está el tono nostálgico y, en cierta medida, romántico que, me parece, se traspasa a mi libro. Quizás la distancia está en que Mi padre, el inmigrante es un poema expansivo, como los de Neruda o Whitman, y en esos años no tenía  la capacidad para emplear esa estrategia.

Sin embargo ahora no me siento tan cerca de esos usos, como tampoco creo necesario referir un único poeta del cual uno es heredero. Considerar un único estilo al cual adscribirse es un poco tiránico, así como también esto significa cerrarse a vías expresivas que si bien hoy no necesitas quizás en un futuro te sean esenciales. Pero mejor no me pongo testarudo. Si tengo que decir un nombre sin lugar a dudas elijo a César Vallejo –quizás el mejor poeta latinoamericano– y entre los venezolanos me gusta mucho Eugenio Montejo.

Por lo que se ha dejado ver en la revista web literaria Las Malas Juntas, donde publicaste uno de los cuentos de tu libro Y nos pegamos la fiesta, hay en este un manejo importante del humor. A diferencia de tu poemario Mi padre y otros recuerdos, en el que manejas una escritura exenta de ironía. ¿Sientes que el humor es una frontera entre los géneros literarios que manejas?

No diría que Mi padre y otros recuerdos es un libro exento de ironía. Creo que hay textos donde la ironía tiene un papel importante. Pero sí es verdad que no tiene el papel recalcitrante que le doy en los cuentos.

No considero que el humor sea la frontera entre esos géneros. Me gusta la poesía de Nicanor Parra o de Carlos Colmenares Gil, por mencionar a un amigo, sobre todo porque incluyen la risa en sus poemas. Esto es importantísimo; si hay algo que nos permite sobrellevar los problemas más difíciles es la capacidad de reírnos de ellos. Además, la poesía muchas veces sigue leyéndose revestida con un manto de seriedad que tendríamos que quitarle. Es cierto que en mi libro de poesía no hay casi humor, por no decir nada, pero me gusta pensar que es porque lo escribí cuando me colocaba en la cómoda posición del sufrido. Por otro lado, el humor es un modo de ver las cosas y por eso puede filtrarse en cualquier aspecto de la vida. Incluso en las tragedias de Shakespeare, trabajadas tan seriamente, hay escenas en las que puedes partirte de risa. Me es imposible no reírme en las primeras escenas de Otelo donde se explica cómo Desdémona está haciendo “el animal de dos espaldas” por toda Venecia.

¿Sientes que hay equilibrio entre los registros que utilizas o que se oponen entre sí?

No sé si se tiene que hablar de un equilibrio o no. Sé que respondieron a momentos diferentes y dieron respuesta a determinadas circunstancias y necesidades expresivas. Son diferentes porque diferentes fueron las razones que permitieron su desarrollo. No se oponen, si parecen contradictorios es porque así es la vida.

A la gente suele gustarle la idea de un escritor que viene con un plan trazado y sólo tiene que ejecutarlo. Estamos obsesionados con la idea del escritor completo y cerrado en cuya obra no hay nada desarticulado. En buena medida esto daña mucho nuestra lectura porque no nos permite aceptar que diferentes hombres en diferentes momentos no pueden, ni tienen por qué, ajustarse al mismo ideal. La realidad es muy distinta: el escritor escribe en una comunidad compleja, contradictoria, inabarcable, de allí que siga una suerte de intuición, la elaboración de un fragmento; solo después de que ha escrito viene otra persona y dice que él ya tenía todo eso planeado antes de sentarse a redactar.

Tu formación universitaria es considerable, tomando en cuenta que tienes dos Másters y actualmente cursas un doctorado. ¿Has considerado poner este bagaje académico al servicio de una obra ensayística o prefieres practicar con exclusividad la narrativa y la poesía?

No he sentido la necesidad de escribir ensayos, al menos no de forma sistemática con miras a elaborar un libro. Tampoco estoy seguro de que tenga talante para ello. Por otro lado, he desarrollado una escritura académica. Lo saco a colación por la referencia que haces a mis estudios de posgrado. Una participación en un congreso o un trabajo académico sobre algún autor no es lo mismo que un ensayo. No se necesitan estudios universitarios para escribir ensayos, prueba de ello es Guillermo Cabrera Infante que sin másteres ni doctorados es uno de los mejores ensayistas sobre cine que he leído.

Sobre la exclusividad de los géneros, reincido en que no tengo una posición determinante. Las decisiones prescriptivas o restrictivas pocas veces tienen sustancia. Si algún día quiero escribir un ensayo lo intentaré.

¿Cuáles son los autores que más han influido en ti como escritor?, ¿por qué?

Creo que antes comenté un par de poetas determinantes para mí, no sé si agregaría alguno más porque soy muy irresponsable con mis lecturas de poesía. Parra, a quien también mencioné, es impresionante porque te obliga a repensar muchísimos prejuicios que tienes sobre el género, además tiene una sinceridad que te impacta, es como si dijera: “a ver, dejemos las pendejadas, todos cagamos y cogemos” y de allí en adelante sí se puede escribir de verdad. Un nombre que he leído con atención recientemente es Cesare Pavese, otro poeta que cambia estructuras y quita imposturas. Pero insisto en que esto es en este momento, si me preguntaras en un par de meses quizás diría otros.

En narrativa me gusta La tienda de muñecos, de Julio Garmendia. Quizás esté trillado y estoy fastidiando al nombrarlo de nuevo, pero a veces siento que no se le da el lugar que se merece a ese libro en el imaginario literario de Venezuela. En la academia tiene un lugar clave, eso es cierto, ha sido trabajado hasta la saciedad. Por eso mismo me pareció curioso cuando escuché a una amiga poniéndolo entre sus lecturas iniciales de juventud y ya, como si fuera un escritor simpático para niños. A veces siento que esto es más común de lo que parece y por eso creo necesario reivindicar el título que recoge ocho cuentos extrañísimos y geniales. Los otros libros de Garmendia tienen menor calidad, no son malos pero no consiguen el mismo pico.

También tendría que recordar a Guillermo Cabrera Infante. De hecho, uno de los cuentos de mi libro es una suerte de relectura de u homenaje a Tres tristes tigres. Esa novela es, en cierto modo, mi libro imposible, ese que siempre habría querido escribir. Por último, entre los recientes me encanta Junot Díaz, cosa evidente si se leen algunos de los cuentos de mi libro.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

Por ahora estoy dedicado a la tesis doctoral y eso me tiene bastante consumido.

Víctor Alarcón (Caracas, 1985). Licenciado en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello, cum laude. Magíster en Literatura Comparada: Estudios Literarios y Culturales por la Universidad Autónoma de Barcelona. Magíster en Literatura Venezolana por la Universidad Central de Venezuela. Ha participado en talleres de poesía y narrativa en distintas instituciones, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos y la Universidad Católica Andrés Bello. Ha publicado poemas en la antología La imagen, el verbo, coordinada por Miguel Marcotrigiano Luna. Con su obra Mi padre y otros recuerdos se hizo acreedor del Premio del Concurso para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores, mención Poesía, edición 2008. Siendo publicado este título al año siguiente en dicha casa editorial. Con el libro Y nos pegamos la fiesta se hizo acreedor del I Premio Equinoccio de Cuento Oswaldo Trejo 2012. Ha publicado artículos críticos en diversas revistas académicas. Ha ejercido como docente en diversas universidades venezolanas, entre las cuales cabe destacar la Universidad Central de Venezuela y la Universidad Simón Bolívar. Actualmente cursa estudios de doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona.